Confluencias

El odio a los intelectuales

Los norteamericanos repudian la sofisticación. Los americanos son campesinos u operarios, aman la sencillez y los discursos que van directamente al grano. Ser espontáneo y mostrar buen humor, tomar lo serio sin retórica ni solemnidad, hablar de lo general a través de lo particular y, desde luego, jugar con el humor son las condiciones que cualquier comunicador debe cumplir si pretende la adhesión del público.

Escritores desde Mark Twain a J. K. Galbraith han sabido que para ganar lectores es inexcusable hacerles sonreír. Hasta las películas de violencia se aderezan a menudo con frases chistosas, las películas de amor reclaman su comedia, los westerns o los thrillers estan salpicados de gags. Un Bergman, un Resnais o un Antonioni son antinorteamericanos. No digamos ya los filósofos franceses o alemanes o incluso el llamado pensiero debole italiano.

En las conferencias universitarias, en los diarios, en los reportajes televisivos, en los juicios, en los discursos políticos o en las alocuciones religiosas existe al menos un momento en que la concurrencia ríe. Se rieron los abogados, el juez y los asistentes en las sesiones de juicio contra O.J. Simpson, se rien los presentadores y los telespectadires en los telediarios, en las conferencias de prensa del presidente o en los oficios. El intelectual que pretenda influir e ser chispeante en sus ensayos, el profesor que imparte una clase ha de tener dispuesta una chanza al comienzo o en el trascurso de su lección. No importa de qué asunto se trate o lo importante que parezca. Siempre se encuentra un momento para la ironía y la anécdota. El sentido del humor es ya una forma de comunicación moderna, pero sus grandes maestros son norteamericanos. En la prensa apenas es concebible un reportaje sin esa particular amenidad, y hasta los artículos de fondo cuentan a menudo con un caso ejemplar que narrar o algún chascarrillo con el que ilustrarse. Pocos libros por especializados que parezcan eludirán esta forma de empatía que sustituye a una atención cejijunta. Antes que lo sesudo, lo que importa es lo sensible. Claridad, simpatía, antiintelectualismo conforman la tradición de su pensamiento aplicado.

Desde los comienzos, el antiintelectualismo subyace en la idea de América. Como toda idea, no se trata de una simple proposición sino de un complejo de proposiciones relacionadas con la religión, la sociedad y el proyecto general de establecimiento en esa parte del continente. Este antiintelectualismo ha fluctuado y fluctúa en intensidad según las épocas, pero siempre ha estado presente en una sociedad donde el intelectual es considerado pretencioso, despectivo o esnob. Y, en ciertas coyunturas, ha sido visto como peligroso.

En lugar del intelectual, malabarista del pensamiento, supuesto hipnotizador ideológico, el ciudadano pone en primer término al hombre de sentido común y de conocimientos práctico . Una figura al estilo de Edison, por una parte, en el que brillan sus esfuerzos con invenciones aplicables, y un empresario al modo de Iacocca, que convierte sus ideas en un balance suculento. En cada americano hay un empresario, un bricoleur o un inventor de cosas destinadas a mejorar patente. Así como en cualquier habitante del vecindario se encontrará un hombre capaz de reparar una avería doméstica, en casi todo americano anidará un empresario.

La disposición para el trabajo de provecho práctico reina junto al afán de logro, la disciplina y las observancias religiosas. Una escuela que pusiera su acento en la erudición más que en el fortalecimiento de la personalidad y el pragmatismo sería vista con reticencia.

Ciertamente, la historia norteamericana no puede considerarse como una lucha entre eggheads y fatheads, los cabezas de huevo y los cabezas de sebo, según su terminología. Simplemente: los americanos son no intelectuales. El empirismo, la tecnología son norteamericanos, mientras la especulación y el juego con las ideas se tienen por una pasión europea que conduce, supuestamente, al declive.

Los norteamericanos se encontraban por detrás de la ciencia europea a finales del siglo xix. Su formidable desarrollo económico en unas décadas, pasando de ser la sexta a la primera potencia mundial, fue consecuencia del acuerdo en dirigir sus esfuerzos de investigación hacia objetivos prácticos. Tanto en la siderurgia, con el empleo del coque y el procedimiento Bessemer, en el uso extensivo de la electricidad, en la alimentación, en los textiles, en las comunicaciones, en los transportes, las ideas se dirigieron a crear ventajas materiales contabilizables. La invención del telégrafo, el teléfono, la máquina de escribir, la caja registradora, la maquina a fabricar cigarrillos, las desmontadoras de algodón, conformaron la idea de gestar no teorías sino herramientas.

En 1954 el secretario de Defensa, Charles E. Wilson, declaró ante un Comité del Senado que rechazaba toda posibilidad de que su departamento contribuyera con un solo dólar a una investigación sin objetivos definidos: «No nos interesa en absoluto ningún descubrimiento del tipo de por qué las patatas se ponen de un color más oscuro cuando se fríen. Lo que importa es que se frían en la mayor cantidad posible y con el menor coste.» Efectivamente, en Estados Unidos abundan los departamentos de investigación, los laboratorios contratan a premios Nobeles de física, química o medicina, pero simultáneamente les asignan objetivos detallados a plazo fijo, les pagan a cambio de conquistas inequívocas y son despedidos si no procuran beneficios en un tiempo límite. Cuando los despiden pueden también despedirse, aun en el medio universitario, de su prestigio académico. Se tratará de un Nobel para el cenáculo profesional, pero habrá demostrado ser un fiasco para el provecho de América; un ejemplar de la especie que sería mejor exportar (o reexportar) a Europa.

La investigación y los investigadores trabajan siempre bajo esta disciplina de empresa. Si, entre los que tratan con las teorías, los investigadores, los altos especialistas o los superexpertos son mejor aceptados que
los intelectuales puros es porque se les ha reconocido útiles para la producción. Al fin y al cabo los superexpertos, por intelectualizados que aparezcan, pueden demostrar su necesidad en diferentes circunstancias sociológicas, médicas, conflictos económicos o militares. Lo arduo de digerir es la estirpe del intelectual a la europea que flirtea con las ideas sin que se conozca el beneficio real de su hacer. Su ambigüedad desazona e impacienta a un país con una fuerte devoción por el progreso tangible.

El objetivo de los intelectuales es la búsqueda de la verdad y esto convendría a la idea religiosa norteamericana. Pero los intelectuales en casi todos los supuestos no se detienen ahí, no tratan de captar la verdad para sacarle un fruto eficiente. Más bien el intelectual se recrea con la búsqueda de la verdad y no cesa de entretenerse en ese ejercicio. En sentido estricto, a un intelectual no puede sucederle algo más decepcionante que encontrar la verdad y dar por concluidas las pesquisas. Más bien la vocación intelectual no radica en la captura definitiva de la verdad absoluta sino en la investigación continua sobre nuevas incertidumbres. Un mariposeo que los americanos encuentran irritante y al cabo inconsentible; esta manera de gastar el tiempo y los dólares no van a sufragarla los contribuyentes.

Cuando desaparezcan John K. Galbraith, Susan Sontag, Betty Friedan, Daniel Bell, Noam Chomsky, Gore Vidal, Norman Mailer y pocos intelectuales norteamericanos más puede que no les sucedan otros similares. Ni la raíz de América ni sus derivaciones conservadoras en este tiempo prestan apoyo a esta estirpe en extinción. El libro The Last Intellectuals de Russell Jacoby, publicado en 1987, daba por acabada la fauna en Estados Unidos. En su lugar, cunden los académicos superespecializados o los intelectuales mediáticos que han proliferado con la televisión.

El modelo intelectual que brotó en Europa a finales del siglo xix ha decaído en todo Occidente, pero mientras en Europa se le echa a menudo de menos, se reclama a los intelectuales en los editoriales de periódicos o se les pide la palabra en las encrucijadas políticas, en Estados Unidos con su muerte se respira a fondo. Fin, al fin, de una cohorte de vagos y maleantes que aun no siendo nunca numerosa se consideró especialmente perturbadora tras la Segunda Guerra Mundial.

La memoria nacional no lo ha olvidado.

En ese tiempo de los años cincuenta, los intelectuales que desdeñosamente se conocían como highbrows (cejas altas) pasaron a ser llamados eggheads, (cabezas de huevo). Según la caracterización de Richard Hofstadter (Anti-intellectualism in American Life, 1970), un intelectual es aquel que reúne las siguientes condiciones: 1) profesor o protegido de un profesor; 2) superficial; 3) superemocional o femenino en sus reacciones frente a los problemas; 4) pedante y proclive a examinar los diferentes lados de una cuestión hasta llegar a un punto que acaba dejándolo todo como está; 5) arrogante y despectivo con la experíencia de los hombres más sanos y capaces; 6) confuso en el pensamiento e inmerso en una mezcla de sentimentalidad y violento evangelismo; 7) doctrinario y partidario del socialismo soviético como opuesto a la greco-galo-americana idea de la democracia y el liberalismo económico; y 8) sujeto a la obsoleta filosofía de la moralidad nietzscheana que conduce a la desdicha.

En los años cincuenta, el macartismo postuló la idea de que en general la mente crítica terminaba siendo ruinosa para el país. Los intelectuales no eran los únicos a quienes atacaba el macartismo; sus municiones se disparaban en primer lugar contra socialistas y comunistas enemigos del sistema, pero de paso arremetía contra los partidarios del New Deal, contra los reformadores, los internacionalistas y contra la administración de su propio Partido Republicano que no corregía las políticas de inspiración «liberal» de la etapa anterior.

El álbum de fobias que coleccionaba el macartismo se componía de odios surtidos: odio a la intervención estatal que promovió el New Deal de Franklin D. Roosevelt en la Gran Depresión; odio a las Naciones Unidas que suponían la participación de Estados Unidos en organizaciones internacionales con su correlativa contaminación exterior; odio a los judíos, a los negros, a los extranjeros; odio a los impuestos sobre la renta; odio al aggiornamiento de las iglesias.

La expresión de McCarthy en aquel período, «veinte años de traición» (contados desde el New Deal de Roosevelt), recuerda la cruzada del Partido Republicano a mediados de los años noventa y contra las tres últimas décadas, desde el «izquierdismo» de los años sesenta. En la oleada conservadora de la posguerra la traición a América se fechaba a comienzos de los treinta con la llegada del Partido Demócrata al poder. En las proclamas republicanas de los noventa el comienzo de la segunda gran traición se localiza en los tiempos de los hippies, los radicales, los movimientos de la revolución sexual, el feminismo y la aprobación de los derechos civiles que impulsó el Tribunal Constitucional en los años sesenta.

Por contraste a la América degradada, la América que se invoca como superejemplar sería aquella que discurre hasta el principio de la Primera Guerra Mundial y a partir de la cual se pierde el aislacionismo, la dominación protestante y el capitalismo privado. Desde entonces a contrapelo de los deseos conservadores la nación se ve abocada a relacionarse con el mundo, enturbia su paraíso fundacional y compromete tanto la seguridad militar como su capitalismo puro con la creciente intervención del Estado.

Lo que vino después de la Gran Depresión, la participación en la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea y la prolongada guerra fría no haría más que empeorar las cosas: más interrelación con el extranjero, más gastos en política exterior, mayor exposición a las corrientes que llegaban del otro lado del Atlántico.

A mitad del siglo, los autocalificados de americanos genuinos, fundamentalistas en religión, «nativistas» en los prejuicios, aislacionistas en materia exterior y conservadores en lo económico observaban a su país confuso y zarandeado. En pocos años la tradición americana absorbió los modernismos en materia religiosa, las nuevas tendencias del arte o la literatura experimental, además de los relativismos morales que desembarcaron desde la intelectualidad europea. En una rápida sucesión de modas intelectuales, los centros de pensamiento pasaron del darwinismo al freudismo, del marxismo al keynessianismo. Una sociedad que se enorgullecía de contar con principios claros e inconmovibles contemplaba la influencia ascendente de ideólogos de inmigración y de americanos que cuestionaban el sistema.

El intelectual en cuanto creador y propagador de las nuevas corrientes era el enemigo a batir. Aquellos americanos que confiaban en haber dejado Europa atrás, carbonizándose en su vida decadente, asistían a una indeseable plaga de intelectualismos en su propia tierra. La proclama conservadora contra ellos tenía al fin que crecer y sus alegatos acabaron atrayendo a un extenso grupo social que reclamaba la vuelta a los principios. Así la lucha presidencial de 1952 entre la candidatura de Adlai Stevenson, un político cultivado y de destacada inteligencia, y Dwight D. Eisenhower, convencional y escasamente articulado en su pensamiento, puso en claro las preferencias de la mayoría. La victoria de Eisenhower en 1952 resolvió la disyuntiva entre tradición y renovación, entre preservación y crítica. Veinte años más tarde, en 1972, el país repitió la secuencia y eligió a Nixon antes que a McGovern. La apuesta más reciente por el menos intelectual de todos los posibles se registró en 1980 y en 1984 con la adhesión al modelo Reagan. Reagan fue presidente dos veces a fuerza de ofrecer pruebas de elementalidad y Clinton fue cuestionado tan pronto se le adivinaron devaneos con el pensamiento. David Letterman, con un sueldo de más de un millón de dólares al año, es el showman mejor pagado, junto a Jay Leno, de la televisión norteamericana. Ambos son ejemplos de esa condición simplificada que a todo el mundo deja en paz. Los líderes no han de ser ni demasiado brillantes ni demasiado cultos. Deben ser directos, francos, joviales, buenos trabajadores, religiosos y, si es posible, que monten a caballo o se presten a reparar un tractor. A los intelectuales se les advierte siempre un alma velada o un aire de reclusión contrario al trasparente dinamismo americano.

De hecho, el antiintelectualismo de los norteamericanos echa raíces en tres hondos depósitos de la gran nación. Uno es la clase de desarrollo económico, aguerrido, agresivo, resuelto. Otro es su concepción de la democracia igualitaria que repele a las figuras imbuidas de saberes elitistas. Otro, finalmente, es la naturaleza religiosa de esa tierra que pone en entredicho el acostumbrado laicismo de los intelectuales.

Concretamente, en lo religioso, la sociedad norteamericana está impregnada de evangelismo y con ello de un pensamiento primitivista muy pegado al suelo. Billy Graham, el más influyente evangelista en torno a 1960 y elegido en 1958 por un sondeo de Gallup como el personaje más admirado del mundo tras Eisenhower y Churchill, decía que «los intelectuales han situado en el lugar de la Biblia la razón, la cultura de la inteligencia, el culto a la ciencia… y muchos de ellos han sostenido la idea de un relativismo moral». Esto les hace aparecer como elementos corrosivos en una sociedad que más allá de su heterogeneidad cree en la omnicomprensiva presencia de un Dios natural y seguro.

¿Un Dios cristiano? En Estados Unidos se puede ser cristiano y poseer sin contradicción con ello un toque de paganismo. Cada individuo se siente a la vez unido a la Naturaleza y a Dios sin establecer bien la diferencia entre ambos. La cristianidad se encuentra de un lado pero también de otro el deseo de reencontrar las fuerzas de lo natural. No es extraño que el ecologismo naciera y adquiriera sustancia religiosa en Estados Unidos. El amor a la Naturaleza, el vínculo con lo primigenio se encuentra en la religiosa protección de los parajes naturales, en las medidas ecológicas sacramentadas, en la paz de ciudadanos semidesnudos que se dejan bañar por el sol apenas mejora el tiempo, en el anhelo por regresar al hogar de la pradera, en la moda de los trucks, en la extensión de los suburbs, en los presidentes ataviados de vaquero, en las celebradas barbacoas, en la novela o el cine de carretera. Lo natural es un don de Dios frente a la civilización contaminada.

De varias maneras el primitivismo ha sido una fuerza recurrente tanto en la experiencia popular como entre gentes cultivadas. Los primitivos han recreado sin cesar el mito de la frontera, la conquista de nuevas tierras y la autonomía rural, la libertad en la tenencia de armas y en el mercado. El primitivismo es visible a su vez en el trascendentalismo americano, que fue una fuerza poderosa en numerosos escritores de referencia desde Parkrnan y Bancroft a Turner (Virgin Land) y ha sido tema persistente en la actitud de los narradores respecto a los indios o los negros. «Duro, aislado, estoico, asesino», son los atributos que D. H. Lawrence atribuía a lo esencial del alma americana visible en la leyenda del western y las historias cinematográficas de héroes, abogados, sheriffs o detectives, que vencen en solitario al poder. El espíritu primitivo está manifiesto en figuras públicas tan diversas como Andrew Jackson, John C. Fremont, Theodore Roosevelt, Eisenhower, Nixon o Reagan.

América fue creada por gentes que repudiaban la civilización considerándola opresiva y que fundaron el país sobre un mundo abierto a la naturaleza. Peregrinos que pasaban desde una Europa edificada y chapada de cultura hasta un solar barrido e inédito.

Así, en los inicios de la historia norteamericana las humanidades, la literatura y el conocimiento libresco matizados como una prerrogativa de una aristocracia opresora, además de vetusta. El objetivo fue demostrar la posibilidad de construir una sociedad con saberes centrados en las cosas elementales y al alcance del más común de los ciudadanos. Ahora mismo, la educación norteamericana en la high school se encuentra en manos de muchos enseñantes que no ocultan su hostilidad al intelectualismo y se declaran identificados con el modelo de pensamiento concreto propio de los niños. De hecho, Estados Unidos es un país tan antiintelectual como «infantil», construido y para un pueblo infantil.

Los niños son en Norteamérica el centro de una atención sagrada, carne de Dios. Las construcciones locales parecen diseñadas por niños, la bandera se pone encima de las casas como si la casa y la bandera las dibujara un niño. Las comidas son las comidas que les gustan a los niños. Los helados son desbordantes y vistosos, los platos coloridos y en forma de castillos como los imaginaría un muchacho o una muchacha golosos. En ningun otro país se acomodaría mejor una empresa como Disney dedicada a los niños o unas superproducciones como las de Spielberg concebidas con alma infantil. El entretenimiento y no la cultura es cosa de niños o de una población asimilable. De hecho, ya entregados a la industria del entertainment, los americanos gastan desde 1980 dos veces más en asuntos de entretenimiento que en enseñanza primaria y secundaria juntas. Sólo en 1993 se invirtieron más de 240.000 millones de dólares (30 billones de pesetas) en parques temáticos, cines, palacios de deportes, centros de juegos interactivos.

Los americanos apenas han exportado una idea intelectual, pero han conquistado a toda la chiquillería del planeta y han distraído a la humanidad con artículos muy divertidos. Parecen infantiles a los ojos de Europa, pero son infantiles también por dentro. Quieren ser deliberadamente como niños y mantener esta forma de placer.

El psicólogo infantil suizo Jean Piaget ha llamado pensamiento concreto al nivel de precaria elaboración mental que se encuentra en los niños. Es en este modo de pensamiento, plasmado en saberes prácticos, en el que se forman los jóvenes norteamericanos y ya, por lo que se está viendo, muchos jóvenes de otras naciones a través de los nuevos planes de estudio que se importan. Cientos de campus norteamericanos imparten actualmente sus clases en Europa (más de 20 en España) formando a las nuevas generaciones de ciudadanos neoamericanos. La que ahora se llama en Occidente Generación y -generación sin padres en Estados Unidos- asume como nunca antes la impronta del antiintelectualismo, pero también otras importantes marcas a la americana.

Acerca del autor

Vicente Verdú

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