Clásicos

Ver con los ojos

Escrito por Miguel de Unamuno

Era un domingo de verano; domingo tras una semana laboriosa, verano como corona de un invierno duro.

El campo estaba sobre fondo verde vestido de florecillas rojas, y el día convidando a tenderse en mangas de camisa a la sombra de alguna encima y besar al cielo cerrando los ojos. Los muchachos reian y cuchicheaban bajo los árboles, y sobre éstos reian y cuchicheaban también los pájaros. La gente iba a misa mayor y al encontrarse los unos saludaban a los otros como se saludan las gentes honradas. Iban a dar a Dios gracias porque les dio en la pasada semana brazos y alegría para el trabajo y a pedirle favor para la venidera. No había más novedad en el pueblo que la sentida muerte del buen Mateo, a los noventa y dos años largos de edad, y de quien decían sus convecinos: «¡Angelito! Dios se le ha llevado al Cielo. Era un infeliz el pobre … ! > ¿Quién no sabe que ser un infeliz es de mucha cuenta para gozar felicidad?

Si todos estaban alegres, si por ser domingo bailoteaba en el pecho de las muchachas el corazón con más gana y alborozo, si cantaban los pájaros y estaba azul el cielo y verde el campo, ¿por qué sólo el pobre Juan estaba triste?. Porque Juan había sido alegre, bullicioso e infatigable juguetón; porque a Juan nadie le conocía desgracia y sí abundantes dones del buen Dios. ¿No tenía acaso padres de que enorgullecerse, hermanos de que regocijarse, no escasa fortuna y deseos cumplidos?

Desde que había vuelto de la capital en que cursó sus estudios mayores, Juan vivía taciturno, huía todo comercio con los hombres y hasta con los animales, buscaba la soledad y evitaba el trato.

Por el pueblo rondaban de boca en boca sus extraños dichos, o mejor dicharachos, amargos y sombrios, pensamientos teñidos no con el verde de los campos de su aldea, sino con el triste color de las callejuelas de la capital. Lo menos veinte veces diarias en otros tantos días habíanle oído decir: Y la pobre Magdalena se quedaba cabizbaja y meditando: «Cuando está tan triste, ¿qué tendrá?»

Juan al siguiente día volvía y tornaba a volver, y se hizo ya asiduo parroquiano al banco de nogal.

Un día de tantos estuvo revolviendo papelotes, que se llevó en los bolsillos, leyéndolos y corrigiéndolos, y al recogerlos para pagar y marcharse cayásele uno.

Cuando ya se hubo alejado, Magdalena notó en el suelo y recogió el olvidado papel. Era mujer y lo leyó:

«La vida es un monstruo que se devora: sufre al sentirse devorada y goza al devorar. Los placeres se olvidan luego, persisten los dolores amargando la vida. Mañana, cuando esté más sereno el día, más claro el cielo y más tibio el aire, se extinguirá la lámpara, y perdidos en nuevas combinaciones rodarán los elementos de la conciencia. Dices, ¡ya viene!, ¡ya viene!; y cuando extiendes los brazos vuelves la frente mustia y exclamarás: ¡es tarde, ya pasó! Da vueltas el mundo y al año vuelve al punto de que partió, siempre en torno del sol sin alcanzarle nunca, que si acaso le alcanzara nos reduciríamos a polvo. ¿Por qué será el mundo como es? ¡Libertad, libertad! ¡Ah, necios! ¿Quién os libertará de vosotros mismos? Sombra de sombra es todo, y la luz que la proyecta, luz fría y fuego fatuo. Ver todos los días salir el sol para hundirse, y hundirse para volver a salir. Yo pagaré con minutos como horas mis pasadas horas como minutos; el tiempo no perdona. Nací, vi el mundo, no me gustó, ¿ es esto tan extraño? ¡Triste del alma que camina sola! Y ¿dónde encontrar un alma hermana? Comer para vivir y vivir para comer, horrible circulo vicioso, ¡quién pudiera vegetar! Como un parásito que se agarra a un árbol para nutrirse, asi se han agarrado a las últimas telas de mi cerebro estas ideas para atormentarme. No hay cosa más hermosa que dormir,. cerrar los ojos y perderse. Hay más bocas que pan, hay más deseos que dichas. Tú sufrirás, y cuando hayas acabado de sufrir volverás a sufrir de nuevo. Consuelos y no ciencia me hacen falta. Yo soy mi mayor enemigo, yo amargo mis alegrías, yo aguzo mis pesares. ¿Dónde están el cielo de mi aldea, los pájaros que anidaban en mi casa? Tú que tienes en tu mano el sueño, déjalo caer sobre mi y no me lo quites nunca, dame un sueño sin despertar … »

Magdalena no siguió leyendo, inclinó su cabeza hermosa y secó en vano con el extremo del delantal sus
ojos, porque tuvo que volverlos muchas veces a secar. Ella apenas comprendía lo que estaba leyendo, pero lo sentía, y sintió también un nudo en la garganta y como una bola caliente que por su interior chocara contra el pecho y se hiciera polvo derramándose en escalofríos por el cuerpo.

No hubo ya buen humor para la muchacha, y al través de sus lágrimas mal curadas vio descomponerse la luz como nunca había visto.

Por la tarde murió el sol, y Juan llegó como siempre a sentarse en el banco de nogal. Magdalena no estaba allí como otros días.

-¡ Magdalena!

-i!Señorito… !

La muchacha apareció más triste, más taciturna, llevando con incierto pulso el diario refresco, que colocó sobre la mesa.

-¿Qué te pasa? Hoy tienes algo.

-Tome, señor.

Y alargó a Juan el pícaro papel, origen de la pena.

Más fuerte que ella fue su dolor, más fuerte el sombrío espíritu del parroquiano, que se infiltró en aquella alma de azul celeste, inclinó su cabeza y corrieron sus lágrimas por sus mejillas rojas, mientras el hipo la ahogaba.

Juan tomó el papel, vio lo que era, lo estrujé, miró entre sombrío y avergonzado a la joven y dejó descansar su fatigada cabeza en sus ociosas manos. Todos los vientos de tempestad se desencadenaron sobre aquel pobre espíritu perdido en las tinieblas; vaciló, cayó, se alzó, para volver a caer, a tornar a levantarse: pasaron en revuelto maridaje los pájaros que anidaban en su casa y los murciélagos de la callejuela, el sol del mediodía y la oscuridad de la noche; toda la angustia le llenó el alma; sintió el único verdadero dolor que en años no había sentido, y sus lágrimas acrecieron el contenido del vaso.

A través de ellas vio pasar por el camino como una flecha un ágil viejecillo. Juan se secó los ojos con la manga, se levantó, arrugó el ceño para ponerse sereno. pagó y se marché, sin probar el olvidado refrigerio, diciendo: «¡ Hasta mañana!»

Cuando quedó sola Magdalena, secó también sus ojos; y como tenia ardiente y seca la garganta, apuró de un trago aquel refresco bañado con las primeras lágrimas de un pesimista. En su alma renació la luz y la alegría; esperó y se serenó.

A la entrada del pueblo encontró Juan al médico, al implacable médico, que esta vez le pareció más amable, más simpático y dulce.

-¡Olé, Juanito, olé! ¿Qué tienes, hombre, qué tienes, que traes tan encendidos los ojos? ¡Ya los has encontrado…! Mira, mira al cielo; mañana estará muy claro… ; mañana es domingo…. irás a misa…. y luego al banco de nogal…

Y acercándosele al oído, añadió:

-¡Tienes que secarle las lágrimas, bárbaro, bárbaro más que bárbaro! ¿Dónde has aprendido a hacer daño
al prójimo? ¡Conque es malo el mundo, y tú quieres hacerle peor… ! Ya estás salvo…, * esto se cura lloran
do… Mañana mirarás al cielo con sus ojos, pero hoy, a la noche, quemarás todas esas imbecilidades que has ido ensartando. ¡Anda, tontuelo, dame la mano… y a dormir!

La mano temblorosa y débil del joven oprimió la fuerte y tranquila del anciano.

-¡A dormir se ha dicho!

-Para despertar mañana.

Al día siguiente Juan llegó muy temprano al banco de nogal y volvió más tarde; al mes sus padres habían recobrado la calma y la alegría, y el pesimista era el más alegre, enredador y campechano de toda la comarca. Le saludaban con más amabilidad, se detenía en todas partes, y tenía la debilidad de creer que bajo aquel emparrado se veía mejor el cielo, y que los ojos de Magdalena habían convertido el detestable mundo en un paraíso y ahogado al monstruo de la vida que le devoraba. No eran los ojos, yo lo sé, era el alma de la muchacha, en que Dios había puesto su santa alegría, los colores más claros y los perfumes más suaves.

Lo que debía seguir vino de reata; era obligado.

Juan aprendió a esperar, y esperando unió lo venidero a lo presente, la dicha del perenne mañana de este mundo a la dulzura del dejarse vivir y el dejarse querer.

Cuando en adelante tuvo penas, y penas reales, no las ocultó, que dando el placer de que le consolaran recibió el de ser consolado. La verdadera abnegación no es guardarse las penas, es saberlas compartir.

Acerca del autor

Miguel de Unamuno

(1864-1936)

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