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Takatalvi
diciembre 4, 2002|Casa de Huéspedes

Takatalvi

Takatalvi

Los primeros recuerdos de Aura estaban cubiertos de rocío y de escarcha. El Invierno había arropado las tundras de Pohjola, la gélida tierra norteña, durante tanto tiempo que pocos jóvenes recordaban los tiempos en que vivía el Otoño. Todo lo que conocían era el granizo y la nieve y una ventisca ubicua que nunca parecía querer amainar.

Por fortuna, aquella existencia glacial tocó a su fin cuando el Príncipe Jani mató al Invierno y se convirtió en la Primavera. Desde entonces, todo había cambiado…

—Ya hemos llegado a Kuhmo, niña —anunció el corpulento mercader, sacando a Aura de su ensimismamiento.

La joven norteña apartó la mirada del colgante celeste que sujetaba en la mano y dirigió sus inexpresivos ojos grises hacia su acompañante, el barbudo y cínico Erik, que acababa de detener su carromato. Como si fuera la primera vez que visitaba aquella ciudad, Aura paseó su mirada por los alrededores. Lo que vio le era tan poco familiar como si no hubiese estado allí nunca.

La nevasca sempiterna que solía cubrir aquella región había desaparecido, y con ella se habían marchado el hielo y la nieve. El río se había descongelado por primera vez en muchos años, y los niños, acostumbrados a vivir recluidos en sus casas por el frío glacial, jugaban a tirarse agua o buscar piedras de formas peculiares en el fondo del arroyo.

—Todo esto se lo debemos a ese Príncipe que tanto adoras —sentenció el comerciante, con la mirada fija en los niños—. Lo bueno y lo malo.

Aura se limitó a asentir, mientras acariciaba su colgante en forma de lágrima congelada con la yema de sus dedos.

—Para los niños como vosotros, el calor es una bendición. Os permite quitaros el abrigo y jugar en la calle. Pero para los adultos…

Aura posó sus ojos sobre Sampo, el enorme molino de viento que tanta riqueza había traído a Kuhmo. Antaño, cuando la región había estado cubierta por la neviza, los aldeanos habían aprendido a canalizar la furia de la ventisca y tejer con ella la magia que permitía a aquel fabuloso molino convertir la piedra en grano, sal y oro. Pero al marcharse, el frío se había llevado consigo la prosperidad.

Desde entonces, Kuhmo pasó de ser la encrucijada de todos los caminos a un punto perdido en el mapa.

—Supongo que la culpa también es nuestra —reflexionó Erik, rascándose la cabeza—. Antes, las estaciones vivían y morían en mucho menos tiempo. Apenas empezaba el Verano y ya estaban los candidatos a Otoño planeando su asesinato. Pero el último Invierno duró tantos años que nos acostumbramos a él, y ahora no sabemos desenvolvernos en la calima.
—Aprenderemos a adaptarnos —sentenció Aura.
—Tan escueta como siempre —dijo el comerciante, esbozando una sonrisa torcida, mientras descargaba su mercancía—. Estaré de vuelta en unas horas. Date un paseo, juega en el río, haz lo que quieras. Pero por los jazmines celestes de Ukko, no vuelvas a quedarte esperando aquí. Me deprime ver a una chica tan joven desperdiciar el tiempo.

Aura asintió con la cabeza, pero no se movió. Erik suspiró, se rascó la cabeza, y finalmente encaminó sus pasos hacia la plaza central.

En cuanto desapareció de su vista, la chica se arropó con su gákti negro y gris y se echó a dormir, apretando con sus manos la lágrima helada junto a su corazón. Sus sueños la llevaron al olvidado Reino de Unia…

Una violenta sacudida hizo que Aura se despertara con un sobresalto.

—Lo siento —dijo el corpulento mercader—. Este camino está lleno de baches, y en la oscuridad apenas se dejan ver.

La joven se desperezó y se limpió los ojos de legañas. A su alrededor ya había caído la noche, y la única luz que les alumbraba era el tenue brillo del candil que se balanceaba con el movimiento del carromato.

—Busqué una posada en la que esperar al alba, pero ya no queda ninguna en Kuhmo. Si el viento no sopla, el molino no funciona, y los mercaderes y turistas no tienen razones para pasar la noche allí —dijo Erik, rascándose la cabeza—. La verdad, no entiendo por qué admiras tanto al Príncipe Jani, teniendo en cuenta…
—¿Qué hay para cenar? —le interrumpió ella, con su característica voz que parecía hablar siempre en susurros.
—Pan y vino.
—¿Otra vez?
Erik se limitó a asentir.
—Sabes… —dijo él, buscando las palabras adecuadas—. Llevo tiempo preguntándome qué es ese colgante que cuidas con tanto cariño. Ya sabes, la lágrima congelada.
—No es un simple colgante —dijo ella—. Es un talismán.
—Un talismán, vale. ¿Y qué hace?
Aura se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero es bonito. Dicen que surgió de la única lágrima que derramó el Invierno mientras contemplaba, herido de muerte, cómo se derretía Unia frente a sus ojos.
—¿Y crees que hay algo de verdad en ello? —preguntó Erik, enarcando una ceja.
—¿Quién sabe? Aunque no me extrañaría. Él siempre se preocupaba más de su pueblo que de sí mismo. Sería típico de él preocuparse de los demás antes que de sí mismo incluso mientras se desangraba.
—Pareces admirar mucho al Invierno, pequeña —Aura asintió con la cabeza—. ¿No deberías odiar al Príncipe Primavera, entonces?
—¿Por qué?
—Ya sabes, por matarlo…
—Es el ciclo de la vida. Para que las Estaciones sigan su curso, los humanos deben matar a las Encarnaciones y convertirse ellos mismos en la siguiente. De no ser así…
—El mundo habría vivido en un Invierno sin fin.
—Así es —dijo Aura, dando el asunto por zanjado.

Los dos compañeros de viaje pasaron el resto de la noche en absoluto silencio, con el traqueteo de las ruedas chocando contra el camino como única compañía.

Pasó una semana, y el carromato de Erik alcanzó al fin los fiordos de Vaala.

—Ya hemos llegado —sentenció Erik.
—Te esperaré aquí —respondió Aura, poniéndose cómoda entre la mercancía.
—Esta vez no —dijo el mercader, haciendo que Aura enarcara una ceja—. Para seguir el camino hacia el sur, tenemos que ir en barco. Ayúdame a cargar los sacos en el drakar; una vez alcancemos la costa opuesta alquilaremos otro carro.
—¿De verdad es necesario cruzar el mar? —musitó Aura, mirando con resquemor a las aguas, que resplandecían con un amplio abanico de colores—. El agua está, bueno…
Erik soltó un suspiro de resignación.
—No sabes nadar, ¿no?
—¡Eso no tiene nada que ver! —dijo ella, ruborizándose—. Es que dijiste que podíamos llegar por tierra, cruzando el Istmo de Jukka…

—Podemos, sí —dijo Erik, cubriéndose los ojos del sol con la mano mientras dirigía la mirada hacia la serpentina franja de tierra que enlazaba el continente septentrional del meridional—. Pero la senda es demasiado larga y tortuosa. No llegaremos a tiempo al Festival de la Siembra. A mí me da igual; en Kalevala no suelen comprar mi mercancía, y buscarme un puesto en mitad de la festividad me dará más de un quebradero de cabeza. Pero si de verdad quieres ver al Príncipe Jani…
—De acuerdo —dijo ella, y empezó a bajar con cuidado el cargamento de su compañero de viaje—. Démonos prisa, entonces.
—Como tú digas, pequeña… —respondió Erik, rascándose la cabeza.

La travesía a través del Mar Boreal no era larga ni particularmente turbulenta cuando reinaba la Primavera, pero a pesar de ello Aura se mantuvo tan alejada como pudo de la cubierta. Como Erik tenía que contribuir a mover el barco junto al resto de remeros, apenas tuvo oportunidad de ver a la joven que se escondía bajo la tienda de lona reservada para los días de lluvia. Las únicas ocasiones en que Aura era avistada eran cuando se asomaba a las aguas para devolver.

Sin embargo, cuando cayó la noche se acercó a ella en su refugio. La encontró hecha un ovillo, con su talismán en forma de lágrima entre las manos, musitando una silenciosa oración.

—… y si he de expirar bajo las aguas, oh Diosa Ukko, te ruego que tus servidoras lleven mi alma a tus etéreos campos celestes…
—¿Estás bien? —preguntó Erik.
—Depende de cómo definas “bien” —contestó ella.
Los dos permanecieron unos segundos en silencio.
—Sé que te dije que no me metería en tus asuntos —comenzó él de nuevo—, pero no puedo evitar preguntarme qué hace una niña tan joven como tú viajando sola desde el extremo norte del reino hacia el sur.
—No hace falta que lo sepas, y no soy una niña. Hace cuatro eclipses que pasé el ritual de la madurez.
—Cuando llegas a mi edad, es imposible no ver a los jóvenes como tú como niños. Aún te queda mucho por vivir.
Aura permaneció en silencio.
—Dime, Aura… ¿viven tus padres?
—Claro que sí —dijo ella—. En la Bahía de Lönnrot, donde nos conocimos. Son ancianos y ya apenas salen de casa, pero mis hermanos cuidan de ellos y del rebaño.
—Ya veo… —reflexionó él, buscando en su mirada o en la inflexión de su voz alguna pista que revelara una mentira, pero parecía estar siendo honesta.
—¿Te sorprende? —dijo ella, enarcando una ceja.
—Una chica como tú, viajando sin compañía para conocer al Príncipe Jani… pensé que serías una huérfana desesperada por encontrar a alguien que le ayudara.
—Menuda tontería —dijo ella—. Voy sola porque el resto de mi familia está ocupada manteniendo nuestra granja. Además, ninguno de ellos tiene tantas ganas de conocer a la Encarnación de la Primavera como yo.
—Es raro encontrarse con jóvenes tan devotas como tú. Una cosa es adorar a la Encarnación de la Estación que sea desde tu casa, rezándole a una estatuilla o echando semillas al fuego, pero iniciar un peregrinaje para conocerlo…
Aura se encogió de hombros.
—Todos creemos en algo, con mayor o menor convicción. Sin ese algo, vivir no tendría senti…

Su solemne discurso se detuvo cuando las nauseas le obligaron a devolver de nuevo en el mar.

El drakar alcanzó los acantilados de Lintukoto mientras el sol se alzaba en el horizonte, acariciando las aguas con su violáceo resplandor.

Lo único que se veía desde el mar de aquella región era una escarpada pared de roca plagada de hendiduras donde descansaban los nidos de un millar de aves. Desde la cúspide del muro les contemplaban decenas de gaviotas como si guardaran aquella zona de un posible invasor.

El drakar en que viajaban cruzó una pequeña hendidura en la piedra que llevaba a un estrecho y oscuro túnel. Debían tener mucho cuidado para no chocarse contra la pared, ya que la roca era tan afilada y la marea tan agitada que podrían hacerles zozobrar. Por suerte, no tardaron en desembocar en un cenote de techo abierto, en cuya pared se habían esculpido unas escaleras tan verticales que era necesario aferrarse a una gruesa cuerda para poder ascender.

Hasta que la embarcación no hubo varado en tierra firme, Aura no accedió a salir de la tienda de lona. Empleando un astuto sistema de poleas, los marineros alzaron su mercancía a través de la larga chimenea que desembocaba en la aldea de Lintukoto.

Tras un largo ascenso que pareció alargarse durante horas, los dos compañeros de viaje lograron alcanzar la cima del acantilado. Conforme emergieron del agujero se encontraron con un amplio y verde valle en cuesta sobre el que se erigían decenas de hogares de madera bañados por numerosos arroyos. Los pájaros de aquella zona no salían huyendo cuando se les acercaban los habitantes de Lintukoto; al contrario, estos parecían rendir culto a aquellas aves.

—Esta ciudad sí que no ha cambiado nada —dijo Erik, con una sonrisa de satisfacción—. Los mismos pastos verdes, el mismo cielo gris, el mismo murmullo incesante de las olas aderezado por los graznidos de sus aves… Así tendría que ser el mundo entero, Aura —continuó él—. Estable e inamovible. Ya hay demasiada incertidumbre ahí fuera como para que nosotros cambiemos las cosas según nos parezca.

La joven se limitó a observarle con los mismos ojos inexpresivos que alguna vez debían haber brillado, pero que hacía mucho tiempo se habían vuelto de un gris mate.

—Anda, ve y date un paseo —le instó Erik—. Aquí siempre aprecian mi mercancía; soy el único norteño lo suficiente temerario como para cruzar el mar y traerles nuestras carnes y especias. Los hombres de Vaala ya me están buscando un carro; partiremos hacia la capital antes de que se ponga el sol.

Aura asintió con la cabeza, y dejó atrás a su compañero mientras esté preparaba su puesto.

Sin saber cómo emplear su tiempo hasta que cayera la noche, la joven deambuló por los exuberantes prados bañados por la melodía de un centenar de aves cantando en armonía. Sus pasos la encaminaron hasta un arroyo un poco más ancho y profundo que los demás donde unos niños, de apenas unos cinco años, jugaban a saltar de un lado a otro sin caerse al agua. Uno de ellos, el más joven y tímido del grupo, parecía titubear ante la idea de seguir los pasos de sus amigos.

—¡Venga, Lars, no seas cobarde! —le instaban los demás—. Si te caes, es solo agua. ¿Cómo vas a ser pescador si tienes miedo a mojarte?

Alentado por las provocaciones de los otros niños, el niño se impulsó hacia el otro lado del arroyo. Sin embargo, sus piernas no eran tan largas ni tan fuertes como las de sus amigos, y cayó de bruces en las aguas.

—¡Está muy fría! —protestó él, con lágrimas en los ojos—. ¡El agua está muy fría!
Mientras sus amigos se reían de la torpeza de Lars, Aura se introdujo en el arroyo y tomó en brazos al niño para llevarlo de vuelta a tierra firme.
—¡Está muy fría! —seguía llorando él—. ¡Me voy a congelar!
—Sshhh —dijo ella, posando la yema de su dedo índice sobre su mejilla para tomar con ella una lágrima—. De donde vengo yo, el frío no es algo malo, sino una bendición otorgada por la Diosa Ukko. Gracias al frío existen las majestuosas tundras, los níveos prados, los fiordos y los nunataks. El frío produce las auroras boreales y crea hermosos juegos de luces.
—Pero el frío también hace que nos estremezcamos y tiritemos… —protestó Lars—. He oído las historias de los niños que morían congelados en el norte…
—Sí… el frío puede ser duro y cruel. Pero también puede ser hermoso —dijo Aura, y al darle la vuelta su dedo índice la lágrima de Lars, cristalizada, se derramó como un fino hilo de hielo.
De cada uno de los dedos de la joven norteña surgió un hilo de escarcha, que se unieron y se cristalizaron en una hermosa lira de hielo que resplandecía iridiscente a la luz del sol.
—Deja que te cante una canción de un lugar que una vez conocí —dijo Aura, deteniéndose unos segundos antes de volver a tocar.

En el antiguo Reino de Unia,
erigido en el abismo que la tierra no logra alcanzar,
un rey, monarca del hielo y la nieve,
meditaba solemne,
sobre el mundo y su devenir.
Amado por su pueblo y su gente,
odiado por quienes moraban más allá de sus tierras,
ponderaba si el bienestar de los suyos
compensaba la miseria de los demás.
«Hace años que me buscáis»,
dijo el Rey Invierno al príncipe sureño,
«para dar fin a la era del hielo y la nieve».
«No hay Invierno sin Primavera», respondió el Príncipe Jani,
«no hay vida sin muerte».
El Rey Invierno asintió.
Y mientras el acero sesgaba su vida, derramó una lágrima,
no por su muerte, sino por el evanescente Reino de Unia.

Ésta y otras muchas cosas cantó Aura, con una voz que estremecía como una brisa invernal.
Cuando abrió los ojos, el crepúsculo teñía el cielo con su manto violáceo, y a su alrededor no solo había niños, sino decenas de Lintukoteanos. Las aves que los aldeanos adoraban se habían posado en las ramas de los robles cercanos, fascinadas por la glacial melodía de la joven.

Al fondo de la marabunta que se había congregado a su alrededor, Aura encontró a Erik, que se enjugaba las lágrimas con su jubón.

El camino hacia Kalevala serpenteaba a lo largo de lomas y torcas por las que más de un carro se había desplomado. Sin embargo, Erik tenía demasiada experiencia en recorrer caminos escarpados, y en tan solo dos días lograron alcanzar los portones de la capital. Gracias a su perseverancia, habían logrado llegar en el mismo día que comenzaba el Festival de la Siembra.

Aquella ciudad era completamente diferente de nada que Aura hubiera visto jamás. Las calles eran anchas y estaban empedradas y protegidas por altos muros rocosos. Las casas no habían sido construidas con madera, sino con roca pulida, y sus tejados, en vez de paja, estaban formadas por tejas. Enormes y ostentosos edificios se erguían por encima de las viviendas de los ciudadanos; según Erik, entre ellos estaban la Catedral de Ilmatar, el Senado, y la Biblioteca Real. Al haber llegado durante el Festival de la Siembra, toda la ciudad estaba adornada con coronas de flores de todos los colores, y los jardines se habían recortado con esmero para que llamaran la atención de todos los visitantes.

—Aquí estás, pequeña —dijo Erik, con una nota de pesar en la voz, mientras se rascaba la cabeza—. En Kalevala, tal como querías.
—Muchas gracias, Erik —dijo ella, observándole fijamente con aquellos insondables ojos grises—. Eres un buen hombre. Toma.
Aura desató el colgante que llevaba al cinto y le tendió la lágrima del Rey Invierno al mercader.
—Pero Aura, ese colgante…
—Ahora que conoces la historia de Unia, debes ser tú quien se lo quede. Me gustaría que en tus viajes contaras que una vez existió una fabulosa ciudadela de hielo y cristal.
Con pulso tembloroso, el comerciante tomó la joya entre sus manos.
Aura se estaba dando la vuelta para marcharse cuando Erik se atrevió al alzar la voz.
—¿Volveré a verte, Aura?
Ella giró la cabeza y, por primera vez desde que la conocía, sonrió.
—Cuando vuelva el Invierno y la brisa meza los fines copos de nieve en su vaivén, aguza el oído y escucharás mi voz.

Desde que el Príncipe Jani había asesinado al Invierno y se había convertido en la Primavera, apenas salía del palacio real. Como nueva Encarnación de las Estaciones, sabía que aquellos que codiciaban convertirse en Verano querrían matarlo, así que se había rodeado de un séquito de guerreros fieles que darían su vida por él antes que dejarlo morir.

Sin embargo, Jani no era solo una Encarnación; también era el Príncipe del reino. Por ello, una vez al año hacía una excepción y salía de su confinamiento para celebrar el Festival de la Siembra. Al ser él la Primavera hecha hombre, era indispensable que participara en la festividad para que las cosechas crecieran en abundancia.

—¡Queridos amigos y ciudadanos de Kalevala! —dijo Jani, desde el balcón de su palacio—. Me llena de alegría reunirme con vosotros una vez más para celebrar el renacimiento de la vida. Hace ya tres años que traje la abundancia y la prosperidad a este mundo al dar muerte al Invierno que congelaba nuestros huertos y mataba con su gélida caricia. Pero todas esas tragedias quedaron atrás. ¡Ahora es el momento de celebrar esta nueva era! ¡Regocijaos, pues nunca más conoceréis la escasez!

Los ciudadanos de Kalevala elogiaron al príncipe a una sola voz, pues él les había traído fortuna y prosperidad. Aquel día, muchos juglares entonaron alabanzas a sus monarcas, se celebraron justas y torneos en los jardines reales, y el gremio de actores representó obras realizadas bajo el mecenazgo de la realeza.

Todo esto lo contemplaba el Príncipe Jani desde su balcón, con una sonrisa de satisfacción en su cara, cuando una aparición repentina llamó su atención. Una joven de pelo negro y corto, ojos grises y piel pálida como la nieve acababa de cruzar las puertas de su palacio. No cabía duda alguna: se trataba de una norteña. ¿Pero qué podría estar haciendo alguien como ella allí?

La mujer dirigió su gélida mirada hacia Jani, que no pudo apartar sus ojos de ella mientras se desprendía de su gákti y sus gruesas botas de piel. Descalza y ataviada tan solo con una larga túnica blanca, la norteña concentró la humedad del ambiente en su puño, que al abrirlo se convirtió en una fantástica lira de hielo.

Tan imponente era su presencia que los presentes se apartaron, formando un círculo a su alrededor. Sin apartar la mirada del Príncipe, Aura comenzó a danzar, y al acariciar con sus pies la hierba surgía rocío y escarcha bajo sus plantas. Mientras bailaba entonó una melodía tan desgarradora que todos los presentes sintieron una insondable nostalgia por un lugar que jamás habían conocido. En sus mentes se dibujaron paisajes oníricos de un palacio de hielo flotando en el abismo más allá de la frontera final donde la tierra no alcanza a llegar.

Tan hipnotizados habían quedado los ciudadanos de Kalevala ante la interpretación de la norteña que quedaron congelados donde estaban, como si moverse o quebrar el silencio hubiera supuesto un sacrilegio imperdonable.

Aura dejó que su lira se derritiera, y entonces hizo una reverencia frente al balcón de Jani.
Con lágrimas en los ojos, el Príncipe rogó a sus soldados que le trajeran a aquella extraña mujer.

Jani se estaba sirviendo una copa de licor de miel cuando Aura llegó a su habitación.

—¿Os puedo servir algo, joven damisela? —le ofreció.

Aura asintió con la cabeza. El príncipe le sirvió una copa, que ella bebió de un trago.

—¿Os importa que os pregunte vuestro nombre?
—Aura.
—¿Aura…?
—De la bahía de Lönnrot.
—Ah, sí —dijo él, con voz de terciopelo—. Recuerdo haber estado allí cuando iba de camino a, bueno…
—A Unia, para asesinar al Invierno —dijo ella, con un tono de voz totalmente neutro. Jani chasqueó la lengua, mirándola con cierta incomodidad.
—Sí, bueno… lo siento mucho, de verdad. Sé que en el norte dependíais de él…
—Las Estaciones han de seguir su curso. Si una durase para siempre, el mundo sucumbiría al caos —dijo ella.
—No os falta razón —dijo él, bebiendo una segunda copa de un trago—. Y decidme, ¿qué os ha hecho venir desde la lejana bahía de Lönnrot, en la frontera última donde termina la tierra, hasta mi humilde ciudad?
—Las Encarnaciones sois Dioses en la tierra. ¿Cómo podría una mortal no querer adorar a una deidad?
—Ya veo… —dijo Jani, mientras servía más licor de su miel a su invitada—. Así que habéis venido a adorarme, ¿no es así? —Aura asintió con la cabeza—. Me alegra escuchar eso. Porque, veréis, cuando os vi danzar ahí fuera, bueno… —se acercó a ella, acariciando su mejilla con la mano—. No me cabe duda de que tenéis muchas historias que contarme sobre el norte.
—Por supuesto —respondió ella, mientras el Príncipe corría las tiras que sostenían su túnica. Jani contempló su cuerpo desnudo de arriba abajo mientras acariciaba primero su rostro, su cintura después.
»La bahía de Lönnrot se llamaba así porque antaño estaba bañada por un mar de hielo que la conectaba con la Ciudadela de Unia. Aquel era un reino vasto y próspero que se extendía más allá del fin del mundo, gobernado por la Encarnación del Invierno.

El príncipe acercó el cuerpo de Aura hacía él, mientras comenzaba a besar su cuello.

—Muchas otras Encarnaciones han tenido que vivir recluidos o escondidos para que nadie los suplantara —continuó ella, impasible—. Pero el Rey Invierno no era así. Él salía a menudo de su castillo y recorría las tundras septentrionales, llevando consigo la magia capaz de obrar milagros impensables en un entorno tan hostil. En lugar de protegerse a sí mismo y a los suyos, se esforzó porque su posición como Estación no arruinara las vidas de los demás.
—Parece haber sido un hombre encomiable —jadeó Jani, comenzando a quitarse la ropa—. ¿Estabais emparentada con él, por algún casual?
—No. Pero todos le amábamos como a un padre generoso y benévolo. Él era más que una mera Encarnación. Él era…
Un reguero de lágrimas comenzó a descender por sus mejillas.
—No, no lloréis… —dijo el príncipe, tratando de enjugar sus lágrimas; pero ella apartó su brazo de un manotazo.
—Los norteños sufrimos mucho por el frío y la constante ventisca que azotaban nuestras tierras —dijo ella, recogiendo sus lágrimas con su mano derecha—. Pero ahora que el legado del Rey Invierno ha desaparecido, todo lo que anhelo es volver a contemplar su obra una última vez.
Las lágrimas que había derramado Aura se solidificaron en forma de puñal en su mano. Con su característica mirada impasible se fue acercando lentamente al Príncipe Jani, paso a paso, mientras éste se retiraba hacia el balcón.
—¡No lo hagáis! —gritó él, con voz temblorosa—. ¡Si me matáis, os convertiréis en el Verano, y eso hará que vuestras tierras sufran aún más!
—¿Sabéis? —dijo ella, impertérrita—. En el norte tenemos una leyenda muy, muy antigua. Dice que en los tiempos anteriores a las Encarnaciones, cuando las Estaciones corrían su propio curso, había una pequeña alteración en la Primavera, unos cortos días en los que ésta moría y otra Estación, muy parecida al Invierno, se imponía fugazmente antes de que el calor la hiciera desaparecer.
»A esa Estación la llamamos Takatalvi.
—¡No, Aura! ¡No…!

Los gritos de Jani se ahogaron cuando el puñal helado atravesó su garganta. Para horror de todos los que festajaban en los jardines palaciegos, el cadáver del príncipe se derrumbó junto a ellos con un macabro ruido sordo.

Enseguida notaron la muerte de la Primavera. Una brisa helada recorrió las calles de Kalevala, meciendo los copos de hielo y nieve en su caprichosa oscilación.

Vistiéndose de nuevo con su larga túnica blanca, Aura recorrió descalza los escalones que llevaban a la terraza más alta del castillo. Desde allí contempló cómo el mundo de ensueño que había perdido tres años atrás volvía a materializarse.

—¡Alto ahí! —gritó uno de los tres guardas reales que acababan de aparecer a su espalda, desenvainando su espada—. Habéis asesinado no solo al príncipe de esta nación, sino a la Encarnación de la Primavera. ¡Por ello, os condeno a morir!
—Ah, ¿tú la vas a matar? —contestó otro—. Y supongo que pretendes convertirte en la próxima Encarnación, ¿no es así?
—¿Qué importa eso ahora? ¡Tenemos que vengar a nuestro señor!
—A mí me importa, y mucho —dijo el tercer guarda—. Quien la mate se convertirá en un Dios, y yo no pienso adoraros.

Ignorando la carnicería que se estaba provocando detrás de sí, Aura extendió los brazos, cerró los ojos, y sonrió al sentir la gélida caricia del Invierno en su piel.

En cuanto acabara la disputa, ella moriría. Pero durante unos breves minutos, había logrado recuperar lo que creía haber perdido para siempre.

Se había convertido en Takatalvi.

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Miguel Olmedo Morell

Miguel Olmedo Morell es un escritor, editor y traductor que se ha especializado en lingüística, crítica literaria, y traducción EN>ES y ES>EN. Actualmente trabaja como coordinador de proyectos de traducción en la división de aparatos médicos de TransPerfect, en Barcelona. También es miembro de la sociedad para autores Writers in Oxford y de la Oxford Writing Circle, con quienes publicó una colección de relatos cortos.

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