CARGANDO

Follow me

Un tono de negro
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Un tono de negro

Un tono de negro

Encontré este relato en mi interminable búsqueda de inspiración. Siento que es una excelente ayuda para imaginar el universo de los seres que no comparten nuestros sentidos. Espero que lo disfrutes.

10 comentarios
El invitado de la noche
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

El invitado de la noche

El invitado de la noche

Era verano. Una de esas insoportables noches de verano en que el calor asedia y uno quisiera sentirse de aire sobre un lago de hielo. A toda la velocidad que le permitía su corto cilindraje, la motocicleta rugía sobre el ardiente asfalto de la carretera que bordeaba la playa, ensordeciendo el romper de las olas contra la alta mole de rocas que se alzaba en la orilla. El motorista, vuelta la cabeza a la brisa salada que el mar le enviaba, parecía no atender al solitario trazado que recorría. No obstante, sin apenas variar la posición de la cabeza, cada curva que se le presentaba era vencida con innata maestría, como si de un profundo conocedor de cada palmo de aquella carretera se tratara y un especial sentido de la orientación guiase su moto. La camisa, casi por completo desabrochada para que penetrara por ella el escaso vientecillo que la

sin comentarios
Prácticas
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Prácticas

Prácticas

Cuando me diplomé en Trabajo Social e iba a comenzar mis primeras prácticas como profesional, una sensación de bienestar me invadía de arriba hasta abajo. ¿Seré un buen profesional? ¿Sabré redactar correctamente un informe? ¿Cómo me comportaré en mi primera entrevista cara a cara con un usuario?. Estas y otras preguntas fueron las que me asediaron la noche antes de comenzar y casi sin pegar ojo cavilé toda la noche si iba a estar a la altura. Al comenzar las prácticas una amable directora me explicó que por razones transitorias y momentáneas no era posible realizar prácticas propias del Trabajo Social, pero que en breve me pondría a trabajar codo con codo junto a los profesionales que desempeñaban su labor en el centro. Y tenía reservado para mi un bonito lugar muy conectado con el Trabajo Social: el cuarto de la fotocopiadora. La fotocopiadora, quien ha sido mi mejor amiga

sin comentarios
Cayó la noche
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Cayó la noche

Cayó la noche

Cayó la noche. Las nubes terminaron con su aperitivo el cielo, toda la magnificencia de los rosas, amarillos y violáceos desaparecieron tras las grandes masas pomposas de gris y azul manchado. Luces, truenos, silencio… Empiezan a caer unas tímidas gotas que son seguidas por las ya seguras, que saben qué hacen. Eulalia sopla el candil, el leve hilo de humo anuncia la muerte de la llama, la llamita que alumbraba la estancia donde se acomodaba su familia. Eulalia se recuesta entre sus dos hijos y cierra los ojos. La lluvia atenta fuertemente entre el improvisado techo metálico que resuena; pero no solo resuena la lluvia, sino el vientre de sus hijos; y no solo resuena el hambre sino las palabras de alguna lejana familia que, cómodos en su piso de calefacción en el centro urbano, comentan el final de la guerra, de aquella que solo tomaron parte desde los telediarios,

sin comentarios
En mi tren
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

En mi tren

En mi tren

Sí que pasa rápido la vida, sí que pasa. Cada vez que te paras a valorarlo han pasado…, no sé, mucho tiempo. Y es que el tiempo se nos escapa, su velocidad es incalculable y nos empequeñece, por eso no sólo nos damos cuenta de vez en cuando y siempre queremos volver atrás, ¿o no? Y digo esto porque desde la hoy transparente ventanilla del regional que me lleva a Sevilla desde El Puerto de Santa María se nota, y se nota porque cada vez que viajo admiro un paisaje diferente, y viajo muy a menudo, siempre que puedo o debo. Desde mi asiento, que siempre intento coger el mismo, acción ardua difícil porque siempre viene lleno desde Cádiz, o desde Santa Justa, tengo un campo de visión perfecto, sólo y parcialmente perjudicado por un engorrosa pegatina de salida de emergencia. Cómo si fuéramos a buscarla en caso de accidente,

sin comentarios
Viajando en compañía de la soledad
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Viajando en compañía de la soledad

Viajando en compañía de la soledad

Su mirada estaba tan vacía que llegué a pensar que en aquel cochecito no había nadie, que, sencillamente, lo llevaba de paseo, vacío, para poder llenar su triste vida con tantos buenos recuerdos como encontrara a su paso. Pero algo cayó al suelo y una pequeña mano salió para reclamarlo. Devolvió el juguete caído al niño. Sin caricias, sin palabras, sin una sonrisa, sin una reprimenda. Nada. Era una madre muy joven. De unos 26 años. Tal vez menos, no sé. Resulta difícil adivinar la edad entre tantas capas de abatimiento. Y empecé a sentir miedo. Me imaginé su vida y sentí miedo. Hundía su mirada en el cochecito. En ese mismo lugar donde el niño se entretenía con su juguete caído. Y me dio la sensación de que estaba mirando el pasado, ese pasado tan claro en mi imaginación como en su recuerdo. Y estoy seguro de que no

sin comentarios
Perturbación
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Perturbación

Perturbación

Imperturbable descendió calles sin fin; arriba abajo, abajo arriba. La estación gris, hasta silenciosa. De pronto, entre él y la nada una cabellera roja, incandescentemente roja. Subió al vagón detrás de ella, corrió detrás de ella… La perdió. Tenía que volver a ver ese color, ese ondular del cabello al viento. Corrió, empujó cuanto ser se interpuso en su carrera, y al fin la vio. Allí estaba, del otro lado del cristal sucio de dedos y desesperación. Tenía que alcanzarla. Cruzó la puerta segundos antes de poder perderla para siempre. Otra vez corrió, esta vez escaleras arriba. Con todo su ser corrió. Y allí, afuera, donde se eleva el monumento sin sentido de la ciudad, volvió a tenerla cerca, volvió a sentir su roce de fuego. Tan cerca, que pudo oler el carmesí de esos cabellos. Aspiró hondo, se llenó de esa preciada melena. Y respiró aliviado, entregado. Y luego

sin comentarios
La Revolución de la Cucaracha
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

La Revolución de la Cucaracha

La Revolución de la Cucaracha

Bien —Hagamos un sorteo —propuso Constanza— todos ponemos el nombre… es decir —titubeó— cada uno en un papelito anota su propio nombre y el favorecido, llora, pela y pica las cebollas, el resto se distribuye las otras tareas de la preparación de la comida. —Yo pienso, es correcto —acotó con una sonrisa Stiff, el gringuito americano que había llegado hacia unos pocos minutos al camping y se predispone a desarmar su mochila. —Solo pido un momento antes de comenzar a cocinar, para armar mi carpa antes de que se haga noche, ¿comprende? —agregó. Está bien —repuso Mishel— pero aquí tienes esfero y papel, por fa, pon tu nombre. Stiff volvió a sonreír, anoto su nombre, entrego el papelito, el esfero y se concentró nuevamente en su tarea. Santi dejó de practicar y puso a un lado los palotes plásticos, con los que hacía “semáforo”. —Yo tengo algunas papas —dijo frunciendo

sin comentarios
Una habitación en la selva
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Una habitación en la selva

Una habitación en la selva

No era un tipo vanidoso ni jactancioso, pero solía envanecerse y le resultaba divertido cuando algún crítico literario, un profesor de la universidad o un colega del gremio de escritores lo señalaba como el más brillante prosista de su generación injustamente tratado y con frecuencia ninguneado por la industria editora de libros; y se jactaba, bastante sincero, de que podía permitirse el lujo de no perseguir la gloria literaria con ansias de naufrago recomido por la fiebre del mar, y mucho menos anhelar en sueños fatuos la ordinariez del dinero y otros necios oropeles que alimentan el ego pequeño y ridículo de la mayoría de los novelistas. Le bastaba con el reconocimiento y el respeto de sus lectores (pocos pero casi unánimes en la admiración), y con aislados contundentes elogios aparecidos en los diarios y prensa especializada y firmados por reconocidos expertos: un catedrático de literatura, un miembro de la

sin comentarios
María Isacia
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

María Isacia

María Isacia

Los milicianos dieron un portazo. La cal del dintel se descascarilló cubriendo el tranco de blancas hojuelas. Arrastraron a María Isacia calle abajo apretando las flacas carnes de sus brazos. La puerta se volvió a abrir de inmediato y una sombra trapajosa y turbia corrió dando alaridos tras de ellos: ¡Mi hija, mi hija! ¿Qué vais a hacerle? ¡Es tonta, es mi tonta! ¡Dejad a mi tonta! ¡Ay, ay… mi tonta…! María Isacia no entendía nada. Volvía la cara entre aquellos hombres que la arrastraban, con los ojos muy abiertos, redondos, sin expresión, y miraba a su madre correr con dificultad por seguirlos, sin parar de gritar: ¡Mi hija, mi tonta! ¡Socorro! ¡Mi hija! Como un chaparrón de locura. Había nacido María Isacia la noche en que el barranco se salió del cauce, arrancando los parrales de los huertos que lo enfilaban y dejando el antiguo cementerio abandonado, embarrado y

sin comentarios
10 / 275
1 2 3 4 13
Mensaje del Autor
Seguidores
Follow Relato Corto on WordPress.com