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Redondo, el contertulio
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Redondo, el contertulio

Redondo, el contertulio

Más de veinte años hacía que faltaba Redondo de su patria, es decir, de la tertulia en que transcurrieron las mejores horas, las únicas que de veras vivió, de su juventud larga. Porque para Redondo la patria no era ni la nación, ni la región, ni la provincia, ni aún la ciudad en que había nacido, criádose y vivido; la patria era para Redondo aquel par de mesitas de mármol blanco del café de la Unión, en la rinconera del fondo de la izquierda, según se entra, en torno a las cuales se había reunido día a día, durante más de veinte años con sus amigos, para pasar en revista y crítica todo lo divino y lo humano y aun algo más. Al llegar Redondo a los cuarenta y cuatro años encontróse con que su banquero le arruinó, y le fue forzoso ponerse a trabajar. Para lo cual tuvo que

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Mari Belcha
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Mari Belcha

Mari Belcha

Cuando te quedas sola a la puerta del negro caserío con tu hermanillo en brazos, ¿en que piensas, Marí Belcha, al mirar los montes lejanos y el cielo pálido? Te llaman Mari Belcha, María la Negra, porque naciste el día de los Reyes, no por otra cosa; te llaman Mari Belcha, y eres blanca como los corderillos cuando salen del lavadero, y rubia como las mieses doradas del estío… Cuando voy por delante de tu casa en mi caballo te escondes al verme, te ocultas de mí, del médico viejo que fue el primero en recibirte en sus brazos, en aquella mañana fina en que naciste. ¡Si supieras cómo la recuerdo! Esperábamos en la cocina, al lado de la lumbre. Tu abuela, con las lágrimas en los ojos, calentaba las ropas que habías de vestir y miraba el fuego pensativa; tus tíos, los de Aristondo, hablaban del tiempo y de

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El crimen de la calle de la perseguida
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El crimen de la calle de la perseguida

El crimen de la calle de la perseguida

Aqui donde me ve soy un asesino. -¿Cómo es eso, don Elías? -pregunté riendo, mientras le llenaba la copa de cerveza. Don Elías es el individuo más bondadoso, más sufrido y disciplinado con que cuenta el Cuerpo de Telégrafos; incapaz de declararse en huelga, aunque el director le mande cepillarle los pantalones. -Sí, señor .. ; hay circunstancias en la vida…. llega un momento, en que el hombre más pacífico… -A ver, a ver; cuente usted eso -dije, picado de curiosidad. -Fue en el invierno del setenta y ocho. Había quedado excedente por reforma y me fui a vivir a 0… con una hija que allí tengo casada. Mi vida era demasiado buena: comer, pasear, dormir Algunas veces ayudaba a mi yerno, que está empleado en el Ayuntamiento, a copiar las minutas del secretario. Cenábamos invariablemente a las ocho. Después de acostar a mi nieta, que entonces tenía tres años

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La muerte de Isolda
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La muerte de Isolda

La muerte de Isolda

No ha mucho que en Nápoles un hombre pobre tomó por esposa a una bella y gentil mocita llamada Peronella, y él con su arte de albañil y ella hilando, ganaban lo poco necesario para vivir como mejor podían. Un joven apuesto viendo un día a aquella Peronella, de ella se enamoró y tanto la solicitó de un modo y otro que al fin consiguió su intimidad. Y a fin de poder verse acordaron que, como el marido levantaba temprano para ir a trabajar o a buscar trabajo, el joven se apostaría en un lugar desde donde lo viese salir como era la calle que del Marfil se llama muy solitaria, él,al salir el esposo, entraría en la casa. Y así lo hicieron muchas veces. Pero ocurrió una mañana que, habiendo marchado el buen hombre y Juanillo Strignario, que tal era el nombre del galán, penetrado en la casa y

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La resucitada
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La resucitada

La resucitada

Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas, y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo. Bien sabía que no estaba muerta: pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía -como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobrada el sentido, y la sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios… y ella misma envuelta en el blanco

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La nueva Leda
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La nueva Leda

La nueva Leda

La tarde está linda, mamá; hoy no siento ninguna fatiga, no he tosido desde esta mañana… ¿Ves Respiro muy bien, y creo que pronto estaré buena. Déjame ir a Palermo: no es día de corso y el paseo me pondrá mejor.. te lo aseguro. La madre contempló a la hija con su angustiosa mirada de siempre, y un rayo de esperanza brilló en aquellos ojos. Sobre la demacración terrosa del rostro de la joven, aparecía difundida una leve aurora; las pupilas tenían resplandores más intensos, y todo el semblante ostentaba inusitada animación, cual si en aquel organismo, corroído por la tísis, comenzara a realizarse una resurrección milagrosa. El permiso fue concedido; y de la Avenida Alvear la victoria partió, al trote del vigoroso tronco. Recostada sobre los cojines del carruaje, Julia bebía con fruición el aire Oxigenado de la gran calzada. Iba sola, y esto la contrariaba. Experimentaba la necesidad

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El Quin
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El Quin

El Quin

Lo siento por los que en materias de gusto no tienen más criterio que la moda, y no han de encontrar de su agrado esta verídica historia, porque en ella se trata de estudiar el estado del alma de un perro; y ya se sabe que el arte psicológico, que estuvo muy en boga hace muchos años, y volvió a estarlo hace unos diez, ahora les parece pueril, arbitrario y soso a los modistos de las letras parisienses, que son los tiranos de la última novedad. Los griegos, los clásicos, no tenían palabra para el concepto que hoy expresamos con esta de la moda; allí la belleza, por lo visto, según Egger, no dependía de estos vaivenes del capricho y del tedio. ¡Ah! Los griegos hubieran podido comprender a mi héroe, cuya historia viene al mundo un poco retrasada, cuando ya los muchachos de París y hasta los de Guatemala,

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El gran duque pastor
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El gran duque pastor

El gran duque pastor

Era gran día en El Arca, de Sideria. Se celebraba la gran fiesta apocalíptica, el cumplimiento de abracadabrantes profecías. Se trataba nada menos que de coronar al gran duque de Monchinia, al ínclito don Tiberio. Conviene que sepa el lector que la ciudad ducal de Sideria pertenecía al antiquísimo país monchino, cuyos orígenes se difuminaban en el misterio de las edades genesiacas. Una venerable leyenda enseñaba que los monchinos eran autóctonos o indígenas, es decir, nacidos de su misma tierra, y que un Deucalion monchino los había producido, convirtiendo los robles en hombres, que resultaron recios y duros como los robles. Mas dejando el campo encantado de la leyenda, la Historia presentaba a los monchinos en remotísimas edades, trabajando sus campos, comiéndose en paz y gracia de Dios su pan y gozando de sabias leyes. Se habían puesto desde muy antiguo al amparo de los grandes duques de Monchinia, y

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El borracho y la calavera
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El borracho y la calavera

El borracho y la calavera

Cuentan que un Día de Difuntos paseaban tres estudiantes borrachos por las afueras de una ciudad, después de haber estado de francachela. Acertaron a pasar por delante de un cementerio y les dio por entrar a burlarse de los muertos. Nada más entrar estaba la huesera. Uno de los estudiantes tropezó con una calavera y estuvo a punto de caer. Los otros dos se echaron a reír, y el que había tropezado se vuelve y, dándole un puntapié a la calavera, le dijo: -¡Pues no estás bonito tú ni ná! No te enfades, pelón, que esta noche te convido a comer en mi casa. Siguieron los estudiantes su juerga y no se volvieron a acordar del percance. El que le había pegado el puntapié a la calavera estaba ya durmiendo en su casa cuando se oyeron unos golpes tremendos en la puerta. -¿Quién es? -preguntó el criado, que dormía en

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Sancho Gil
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Sancho Gil

Sancho Gil

Por los años de 1589 vivía en Buenache de la Sierra una mujer de edad avanzadísima, acerca de la cual corrían en el pueblo los más singulares rumores, pues se susurraba que se había entregado en cuerpo y alma al diablo, o lo que es lo mismo, que pertenecía al gremio nefando de las brujas y hechiceras. Ciertamente el aspecto asqueroso de esta vieja, llamada Aldonza Rodríguez, prevenía en contra suya, y, si no justificaba, por lo menos explicaba las hablillas del vulgo, siempre inclinado a pensar mal de todo aquello que, como él mismo dice, no le entra por los ojos. Frisaba la tal Aldonza en los ochenta años. Era baja, enjuta y contrahecha, como agobiada ya por el peso abrumador del tiempo, que todo lo modifica, desfigura y destruye. Ralos mechones de cabellos grises, ni bien ni mal peinados, porque nunca se los peinaba, servían de marco a

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Cuentos Clásicos Cortos

Es la galería, si aceptamos la autoridad del diccionario, una pieza larga y espaciosa, con muchas vidrieras, que se utiliza para pasear y dar claridad y calor a las piezas interiores de las casas, sobre todo en los lugares nórdicos y umbríos. Nuestra galería de autores clásicos está concebida, en consecuencia, como un luminoso territorio literario por el que poder deambular y conocer sin la incómoda sensación de estar recorriendo un tenebroso camposanto, como a menudo suele entenderse. Escuchar la voz de los muertos, que eso significa la lectura de los clásicos, no es un estorbo, sino más bien un acicate, para los requerimientos del presente.