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El padrino Antonio
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El padrino Antonio

El padrino Antonio

¿Qué drama íntimo de amor había vivido Antonio en su mocedad? No aludía a ello nunca aquel cincuentón casamentero que, mientras aconsejaba a los muchachos y muchachas que se casaran, repetía que él, por su parte, no había sido hecho por Dios para casado. «Nací demasiado tarde», era su explicación a su estado. Sólo un par de veces le oyeron decir para mayor esclarecimiento: «Si hubiese nacido diez años antes … » «Tendría usted ahora sesenta», le replicó uno, y él: «¡Ah, sí, pero… los tendría En cambio, teorizando se clareaba más, como sucede. «La materia trágica, la tragedia real, dolida, sale de las entrañas del tiempo -decía-, es el tiempo mismo. ¡El tiempo es lo trágico! Pero lo eternizamos por el arte, destruimos el tiempo y tenemos la tragedia contemplada y gozada. Si cupiera repetir aquel dolor, aquel mismo y no otro, aquel dolor de aquel minuto y repetirlo

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La escalera
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La escalera

La escalera

¿Sabes quíen a vuelto de París? -me preguntó ayer un amigo. ¡Qué he de saber, hombre! Vamos, dime quién. -¡Marianito Lucientes! Y ahora voy a contar a ustedes por qué se había marchado a París Marianito. Hace cuatro años, y a eso de las once de la noche, me dirigía yo hacia mi casa, por la calle Mayor, cuando, de pronto, sentí un golpe violento en la espalda. Me volví, sorprendido y furioso, y vi que el golpe me lo había dado un caballero que llevaba una escalera en el hombro. Un caballero, sí, señores, y esto era lo sorprendente. Él siguió, sin decirme una palabra, con paso rápido, con ademán descompuesto, y hasta me pareció que hablando a media voz consigo mismo. Me quedé atónito; acababa de conocer en el caballero de la escalera a mi amigo Lucientes; un joven distinguido, letrado, empleado en el Ministerio de Hacienda, con

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El lego Juan
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El lego Juan

El lego Juan

Eran tan extrañas las penitencias que se contaban de aquel pobre lego, y tan penetrantes las palabras de mansedumbre que dirigía al pueblo cuando iba mendigando de puerta en puerta, que ardiamos en deseos de conocer algo de su vida pasada, sobre la que corrían mil consejas entre las comadres. «No hay que irritar al colérico -repetía cuando, con frecuencia, se metía a apaciguar riñas-, no hay que irritarlo… Cuando el prójimo se encolerice contra nosotros, huir, huir, correr al templo y pedir a Dios por él.» Por fin llegamos a conocer lo sustancial de su vida. El lego aquel había ansiado, desde muy niño, conquistar la gloria con una vida de austeridades y aun de martirio; mas azares de la suerte le llevaron a servir a un señor, de quien su padre había recibido sustanciosas mercedes. Era el tal señor, su amo, hombre de vida algo relajada, despreciador de

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El carbonero y la muerte
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El carbonero y la muerte

El carbonero y la muerte

Un carbonero vivía en una cabaña, apurada y pobremente, sin más alimento que habas, torta de maíz y queso. En una ocasión en que estaba haciendo su frugal cena, alguien llamó a la puerta. -¿Quién es? -Quisiera posada para esta noche. -Pero ¿quién es usted? -Yo soy Dios -¡Posada para usted! A algunos les tiene usted llenos de bienes, a otros con escasa alimentación, aunque trabajan todo el día. No; váyase usted de aquí. Después de un pequeño intervalo, volvió el mismo Dios y llamó a la puerta. -¿Quién es? -Quiero posada para esta noche. -Pero ¿quién es usted? -Yo soy la Muerte. -A usted, sí, encantado. Usted es igual con todos; lo mismo con los ricos que con los pobres, con los grandes como con los pequeños. Y, abriéndole la puerta, le dio de cenar de lo que él tenía, lo mismo que la cama; y a la mañana

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Un crimen científico
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Un crimen científico

Un crimen científico

I Los vecinos de un pueblo de Castilla cargaban de grano sus carretas y sacaban a la plaza sus ganados para conducirlos a la feria: los que nada tenían que vender, ayudaban a cargar, o formaban corrillos bulliciosos. A la puerta de una de las casas había un carro tan repleto de trigo, que los sacos parecían una especie de montaña: cuatro robustas mulas uncidas esperaban en traje de camino, es decir, llevaban al costado sus raciones en los correspondientes talegos, como llevamos nuestra carteras de viajes. El carro, el atalaje y el ganado indicaban en sus sueños desahogo y abundancia: sin embargo de eso, una mujer joven, con el rostro inquieto y la voz conmovida, decía a un fornido labrador que, látigo en mano, se disponía a arrear a las caballerías: -¡Por Dios, Tomás! No juegues en la feria: llevas todo lo que nos queda, y si lo pierdes,

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Los ojos verdes
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Los ojos verdes

Los ojos verdes

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma. Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tales cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día. I -Herido va el ciervo… herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar

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La miel silvestre
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La miel silvestre

La miel silvestre

Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivían primitivamente de la caza y de la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto. Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban, bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores – iniciados también en juío Verne- sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla. La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal de haber tenido como

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El mechón blanco
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El mechón blanco

El mechón blanco

Los oficiales de la guarnición se hacían lenguas de la hermosura de su capitana generala. ¡Qué cutis moreno más fresco! ¡Qué ojos más lánguidos y más fogosos a la vez! ¡Cómo caían, velándolos con dulce sombra, las curvas pestañas! ¡Qué gallardo cimbrear el del gentil talle! ¡Qué andar tan airoso! ¡Qué arranque de garganta y qué tabla de pecho, bellezas apenas entrevistas en el teatro, al través de la mínima abertura del alto corpiño! Porque es de advertir que la generala para irritar la imaginación y estimular con mayor fuerza la codicia de los varones, unía a su tipo meridional, provocativo y tentador, una gran reserva, un alarde de formalidad y recato sobrado aparente para no pecar algo de artificioso y postizo. Jamás se escotaba. Apenas usaba joyas. Vestía mucho de lana negra. No bailaba nunca. No sonreia a sus admiradores. Frecuentaba las iglesias, y en sociedad apenas cruzaba palabra

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Pata de palo
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Pata de palo

Pata de palo

Voy a contar el caso mas espantable y prodigioso que buenamente imaginarse puede, caso que hará erizar el cabello, horripilarse las carnes, pasmar el ánimo y acobardar el corazón más intrépido, mientras dure su memoria entre los hombres y pase de generación en generación su fama con la eterna desgracia del infeliz a quien cupo tan mala y tan desventurada suerte. ¡Oh cojos!, escarmentad en pierna ajena y leed con atención esta historia, que tiene tanto de cierta como de lastimosa; con vosotros hablo, y mejor diré con todos, puesto que no hay en el mundo nadie, a no carecer de piernas, que no se halle expuesto a perderlas. Érase que en Londres vivían, no ha medio siglo, un comerciante y un artífice de piernas de palo, famosos ambos: el primero, por sus riquezas, y el segundo, por su rara habilidad en su oficio. Y basta decir que ésta era

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La suegra del diablo
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La suegra del diablo

La suegra del diablo

Pues, señor, érase, en un lugar llamado Villagañanes, una viuda más fea que el sargento de Utrera, que reventó de feo; más seca que un esparto; más vieja que el andar a pie y más amarilla que la epidemia. En cambio tenía un genio tan maldito, que ni el mismo Job lo hubiera aguantado. Habíanla puesto por apodo la tía Holofernes, y apenas asomaba la cabeza, cuando todos los muchachos daban a huir. Era la tía Holofernes limpia como el agua y hacendosa como una hormiga, y, por tanto, no tenía poca cruz con su hija Pánfila, la que, a la contra, era holgazana y tan amiga del padre Quieto, que no la movía un terremoto. Así que la tía Holofernes empezaba riñendo con su hija cuando Dios echaba sus luces, y cuando las recogía aún duraba la fiesta. -Eres -le decía- floja como el tabaco de Holanda, y para

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