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La princesa y el granuja
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La princesa y el granuja

La princesa y el granuja

Pacorrito Migajas era un gran personaje. Alzaba del suelo poco más de tres cuartas, y su edad apenas pasaba de los siete años. Tenía la piel curtida del sol y del aire, y una carilla avejentada que más bien le hacía parecer enano que niño. Sus ojos eran negros y vividores, con grandes pestañas como alambres y resplandor de pillería. Pero su boca daba miedo de puro fea, y sus orejas, al modo de aventadores, antes parecían pegadas que nacidas. Vestía gallardamente una camisa de todos colores, por lo sucia, y pantalón hecho de remiendos, sostenido con un solo tirante. En invierno abrigábase con una chaqueta que fue de su señor abuelo, la cual después de cortadas las mangas por el codo, a Pacorrito le venía que ni pintada para gabán. En el cuello le daba varias vueltas a manera de serpiente, un guiñapo con aspiraciones a bufanda, y cubría

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Guia y aviso de forastero
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Guia y aviso de forastero

Guia y aviso de forastero

Vino, como sabéis, Gaudencio a esta corte, después de haber servido su majestad algunos años en Italia y Flandes a satisfacción de los capitanes que tuvo, a pretender una conducta que se le dio para Indias. En cuanto se hallaba pretendiente, pegáronsele dos gentiles hombres un día en la Comedia y otro en la Lonja de San Felipe, que diciendo le conocían de Flandes, por buen camino hubieron de ser sus convidados. Era esto a la sazón, que había poco que pisaba las calles de Madrid Gaudencio. Son dos sogas que le habían dado a cabo a este navichuelo recién echado al agua de la corte. Eran dos hombres bien sobrados en esta república, ociosos y vagantes, sin que lloviese Dios sobre heredad suya en los campos, ni ocupación honesta, que se conociese que les tocase en lo poblado. Hay de esto en la corte más que conviniera.. . Ya

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Yo quiero ser cómico
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Yo quiero ser cómico

Yo quiero ser cómico

No fuera yo fígaro, ni tuviera esa travesura ni maliciosa índole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara a luz pública cierta visita que no ha muchos días tuve en mi propia casa. Columpiábame en mi mullido sillón, de estos que dan vueltas sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que me correspondía ingerir aquel día en la Revista. Quería yo que fuese interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen humor, o de buen talante para comunicar el suyo a los demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente verídico, porque mientras yo

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Adelina
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Adelina

Adelina

En 184… estudiaba yo el último año de Leyes en la Universidad de Sevilla. Mis padres, labradores de las cercanías, me dedicaron a esta carrera para la cual no me sentía con vocación, creyéndola de un brillante porvenir. Y, a la verdad, los hombres que ocupaban los puestos más distinguidos en España, eran legistas que en su mayoría se elevaron de las clases más modestas de la sociedad. Estos ejemplos no bastaban para reanimar mi desaliento en el estudio y gané los seis cursos, únicamente para evitarles el sentimiento que una repulsa mía les hubiese ocasionado. Pero si me decidí a estudiar durante siete años, lo cual era para mí un gran sacrificio, no por eso abandoné mis esperanzas para el porvenir. Me sentía con una organización especialísima para la música. Siendo muy niño todavía, me embelesaba escuchando los armoniosos acordes de un piano, los rasgueos de una guitarra, los

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El casamiento engañoso
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El casamiento engañoso

El casamiento engañoso

Salía del Hospital de la Resurrección, que está en Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, un soldado, que, por servirle su espada de báculo, y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro, mostraba bien claro que, aunque no era el tiempo muy caluroso, debía de haber sudado en veinte días todo el humor1 que quizá granjeó en una hora. Iba haciendo pinitos y dando traspiés, como convaleciente, y al entrar por la puerta de la ciudad, vio que hacia él venía un su amigo, a quien no había visto en más de seis meses, el cual, santiguándose, como si viera alguna visión, llegándose a él le dijo: -¿Qué es esto, señor alférez Campuzano? ¿Es posible que está vuesa merced en esta tierra? ¡Cómo quien soy yo, que le hacía en Flandes, antes terciando arié , la pica2 que arrastrando aquí la espada! ¿Que color, qué

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El femater
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El femater

El femater

El primer día que a Nelet le enviaron solo a la ciudad, su inteligencia de chicuelo torpe adivinó vagamente que iba a entrar en un nuevo período de su vida. Comenzaba a ser hombre. Su madre se quejaba al verle jugar a todas horas, sin servir para otra cosa, y el hecho de colgarle el capazo a la espalda, enviándolo a Valencia a recoger estiércol, equivalia a la sentencia de que en adelante tendria que ganarse el mendrugo negro y la cucharada de arroz haciendo algo más que saltar acequias, cortar flautas en los verdes cafiares o formar coronas de flores rojas y amarillas en los tupidos dompedros que adornaban la puerta de la barraca. Las «cosas» iban mal. El padre, cuando no trabajaba los cuatro terrones en arriendo, iba con el viejo carro a cargar vino en Utiel; las hermanas estaban en la fábrica de sedas hilando capullo; la

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El caballero de Azor
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El caballero de Azor

El caballero de Azor

Hará ya mucho más de mil años había en lo más esquivo y fragoso de los Pirineos una espléndida abadía de benedictinos. El abad Eulogio pasaba por un prodigio de virtud y de ciencia. Las cosas del mundo andaban muy mal en aquella edad. Tremenda barbarie había invadido casi todas las regiones de Europa. Por dondequiera, luchas feroces, robos y matanzas. Casi toda España estaba sujeta a la ley de Mahoma, salvo dos o tres estadillos nacientes, donde, entre breñas y riscos, se guarecían los cristianos. En medio de aquel diluvio de males, pudiera compararse la abadía de que hablamos al arca santa en que se custodiaban el saber y las buenas costumbres y en que la humana cultura podía salvarse del universal estrago. Gran fe tenían los monjes en sus rezos y en la misericordia de Dios, pero no desdeñaban la mundana prudencia. Y a fin de poder defenderse

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El encaje roto
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El encaje roto

El encaje roto

Convidada a la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fue mi sorpresa cuando supe al día siguiente -la ceremonia debía verificarse a las diez de la noche en casa de la novia- que ésta, al pie del mismo altar, al preguntarle el obispo de San Juan de Arce si recibía a Bernardo por esposo, soltó un «no» claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la pregunta, se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace a la vez. No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las convivencias sociales no embarazan la manifestación franca v espontánea del sentimiento v de la voluntad. Lo peculiar de

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Hijo del alma
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Hijo del alma

Hijo del alma

Los médicos son también confesores. Historias de llanto y vergüenza, casos de conciencia y monstruosidades psicológicas, surgen entre las angustias y ansiedades físicas de las consultas. Los médicos saben por qué, a pesar de todos los recursos de la ciencia, a veces no se cura un padecimiento curable, y cómo un enfermo jamás es igual a otro enfermo, cómo ningún espíritu es igual a otro. En los interrogatorios desentrañan los antecedentes de familia, y en el descendiente degenerado o moribundo las culpas del ascendiente porque la ciencia, de acuerdo con la escritura, afirma que la iniquidad de los padres será visitada en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. Habituado estaba el doctor Tarfe a recoger estas confidencias, y hasta las provocaba, pues creía hallar en ellas indicaciones convenientísimas al mejor ejercicio de su profesión. El conocimiento de la psiquis le auxiliaba para remediar lo corporal; no, por ventura,

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Disputa por señas
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Disputa por señas

Disputa por señas

Un Rey musulmán, noticioso de que su vecino el emperador de Bizancio quería invadirle el reino, decidió enviarle un mensajero que solicitara la paz. Para la elección del portador de la embajada consultó a sus visires y dignatarios más ilustres, pero mientras que los distintos consejeros le designaban ya a uno ya a otro de los más nobles y famosos caballeros de la corte, uno de ellos guardó silencio. El Rey se dirigió entonces a él y dijo: -¿Por qué callas? -Porque no creo que debas enviar a ninguno de los que te han aconsejado -respondió. El monarca interrogó de nuevo: -¿Pues a quién crees que debemos enviar? Y él dijo: -A fulano -y mencionó a un hombre oscuro, sin nobleza ni elocuencia. El rey, colérico en extremo, le gritó: -¿Pretendes burlarte de mí en un asunto de tanta importancia? El consejero respondió: -¡Alah me guarde de ello, mi señor!

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