CARGANDO

Follow me

Tic…tac…
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Tic…tac…

Tic…tac…

Arturo de Miracielos (un joven muy hermoso, pero que, a juzgar por su conducta, no tenía casa ni hogar) consiguió cierta noche, a fuerza de ruegos, quedarse a dormir en las habitaciones de una amiga suya, no menos hermosa que él, llamada Matilde Entrambasaguas, que hacía estas y otras caridades a espaldas de su marido, demosrando con ello que el pobre señor tenía algo de fiera… Más he aquí que dicha noche, a eso de la una, oyéronse fuertes golpes en la única puerta que daba acceso al departamento de Matilde, acompañados de un vocejón espantoso, que gritaba: -Habra usted, señora! -Mi marido!… -balbuceó la pobre mujer. -Don José! -tartamudeó Arturo-. ¿Pues no me dijiste que nunca venía por aquí? !Ay! No es lo peor que venga… -añadió la hospitalaria beldad-, sino que es tan mal pensado, que no habrá manera de hacerle ceer que estás aquí inocentemente. -Pues mira,

sin comentarios
Para ser un buen arriero
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Para ser un buen arriero

Para ser un buen arriero

Blas del Tejo y Paula Turuleque eran de un mismo pueblo de la Montaña, y entrambos huérfanos de padre y madre y hasta de toda clase de parientes. Blas poseía, por herencia, un cierro de ocho carros de tierra y un par de bueyes. Paula era dueña, en igual concepto que Blas, de una casuca con huerto, de dos novillas y de una carreta. Paula y Blas convinieron un día en que si sus respectivas herencias se convirtieran en una sola propiedad y se añadiesen a ésta algunas reses en aparcería y algunas tierras a renta, se podría pasar con todo ello una vida que ni la del archipámpano de Sevilla. Y Blas y Paula se casaron para realizar el cálculo, y pronto, como eran honrados, hallaron quien les diera en renta veinte carros de prado y otros tantos de labrantío, más un par de vacas en aparcería. Blas era

sin comentarios
Nerón Tiple o el calvario de un inglés
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Nerón Tiple o el calvario de un inglés

Nerón Tiple o el calvario de un inglés

El pobre Primo había pasado una -noche horrorosa; se encontraba mal, muy mal, no tenia con qué responder a ciertas cuentecillas; es decir, como tener, sí, tenía; pero repartido entre deudores. El pobre cordero se armó de valor, se encasquetó el sombrero, soltó un terno y salió a por lo suyo. Iba componiendo la tremenda filípica que indilgaria a cada deudor, cuando vio a lo lejos a uno de los más mansos. Lo mismo que el viento al humo, esta visión disipó sus ímpetus, hizo latir su corazón, le puso rojo y le desvió por una calleja murmurando: Entonces se acordó de sus hijos y de su esposa venerable, de sus menos cien duros derramados, y lleno de valor subió a casa de otro de sus deudores. Subía despacito, contando las escaleras, en cada tramo las palpitaciones le obligaban a descansar, miró tres o cuatro veces al reloj, llegó a

sin comentarios
Hilda
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Hilda

Hilda

“Como me lo contaron os lo cuento”. El país de las aventuras misteriosas, la patria de las sílfides y las ondinas, el suelo predilecto de los encantadores y las magas, es la Alemania, la poética, la nebulosa Alemania. Sus selvas, tan antiguos como la tierra, tan negras como el infierno, son asilo de innumerables duendes y fantasmas: sus lagos y sus torrentes están poblados por mil hermosas ondinas; las orillas de sus caudalosos ríos, siempre cubiertas de una neblina gris, están erizadas de fuertes castillos feudales, teatros de las más increíbles tradiciones… ¿Y qué mucho? En todos ellos reside algún diablo azul o algún blanco espectro, ya fije su mansión entre los pilares de sus góticas capillas, ya en sus revueltos subterráneos, ya entre sus desiguales almenas, ya en el húmedo panteón donde duermen con eterno sueño en sus tumbas de piedra los antiguos señores del castillo. Hay en la

sin comentarios
Un mancebo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Un mancebo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava

Un mancebo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava

Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio y díjole: -Patronio, un mío criado me dijo que le traían casamiento con una mujer muy rica y aun que es más honrada que él, y que es el casamiento muy bueno para él, sino por un embargo que allí ha. Y el embargo es éste: díjome que le dijeran que aquella mujer que era la más fuerte y la más brava cosa del mundo. Y ahora ruégoos que me consejéis si le mandaré que case con aquella mujer, pues sabe de cuál manera es, o si le mandaré que lo no haga. -Señor conde -dijo Patronio-, si él fuere tal como fue un hijo de un hombre bueno que era moro, consejadle que case con ella, mas si no fuere tal, no se lo consejéis. El conde le rogó que le dijese cómo fuera aquello. Patronio le dijo que en una

sin comentarios
La comendadora
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La comendadora

La comendadora

Hará cosa de un siglo que cierta mañana de marzo, a eso de las once, el sol, tan alegre y amoroso en aquel tiempo como hoy que principia la primavera de 1868, y como lo verán nuestros biznietos dentro de otro siglo (si para entonces no se ha acabado el mundo), entraba por los balcones de la sala principal de una gran casa solariega, sita en la calle Darro, de Granada, bañando de esplendorosa luz y grato calor aquel vasto y señorial aposento, animando las ascéticas pinturas que cubrían sus paredes rejuveneciendo antiguos muebles y descoloridos tapices, y haciendo veces del ya suprimido brasero para tres personas, a la sazón vivas e importantes, de quienes apenas queda hoy rastro ni memoria… Sentada cerca de un balcón estaba una venerable anciana, cuyo noble y enérgico rostro, que habría sido muy bello, reflejaba la más austera virtud y un orgullo desmesurado. Seguramente

sin comentarios
La caja de música
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La caja de música

La caja de música

I. El pintor anticuario Hacia finales del siglo XIX conocí en París a uno de tantos españoles que pululan por allí. Era un riojano, a quien llamábamos Luis el de Nájera, porque hablaba con frecuencia de este pueblo, que debía de ser el suyo. Luis no sabía el francés necesario para hacerse servir en el restaurante, y se mostraba al mismo tiempo reclamador y exigente, como si quisiera que le atendieran los que no le entendían. Él creía que eso de hablar francés era como una mala broma que algunos se empeñaban en sostener por capricho, cuando hubiera sido mucho más fácil que se hubieran puesto a hablar en castellano. Al parecer, aquel hombre era de casa rica, gastador y muy decidido. Él contaba una anécdota que demostraba su decisión. Había estado en Londres en una casa de huéspedes española poco tiempo. Un día, en un restaurante, había encontrado una

sin comentarios
Ver con los ojos
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Ver con los ojos

Ver con los ojos

Era un domingo de verano; domingo tras una semana laboriosa, verano como corona de un invierno duro. El campo estaba sobre fondo verde vestido de florecillas rojas, y el día convidando a tenderse en mangas de camisa a la sombra de alguna encima y besar al cielo cerrando los ojos. Los muchachos reian y cuchicheaban bajo los árboles, y sobre éstos reian y cuchicheaban también los pájaros. La gente iba a misa mayor y al encontrarse los unos saludaban a los otros como se saludan las gentes honradas. Iban a dar a Dios gracias porque les dio en la pasada semana brazos y alegría para el trabajo y a pedirle favor para la venidera. No había más novedad en el pueblo que la sentida muerte del buen Mateo, a los noventa y dos años largos de edad, y de quien decían sus convecinos: «¡Angelito! Dios se le ha llevado al

sin comentarios
La muñequita
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La muñequita

La muñequita

Hace ya siglos que en una gran ciudad, capital de un reino, cuyo nombre no importa saber, vivía una pobre y honrada viuda, que tenía una hija de quince abriles, hermosa como un sol y cándida como una paloma. La excelente madre se miraba en ella como en un espejo, y en su inocencia y beldad juzgaba poseer una joya riquisima que no hubiera trocado por todos los tesoros del mundo. Muchos caballeros, jóvenes y libertinos, viendo a estas dos mujeres tan menesterosas, que apenas ganaban hilando para alimentarse, tuvieron la audacia de hacer interesadas e indignas proposiciones a la madre sobre su hermosa niña: pero esta las rechazaba siempre con aquella reposada entereza que convence y retrae mil veces más que una exagerada y vehemente indignación. Lo que es a la muchacha nadie se atrevía a decir los que suelen llamarse con razón atrevidos pensamientos. Su candor y su

sin comentarios
El hombre verdadero y el mentiroso
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El hombre verdadero y el mentiroso

El hombre verdadero y el mentiroso

Iban caminando dos compañeros, entrambos de una tierra y conocidos; el uno de ellos hombre amigo de verdad y sin doblez alguna, y el otro mentiroso fingido. Acaeció, pues, que a un mismo tiempo, viendo en el suelo un talegoncico, fueron entrambos a echarle mano, y hallaron que estaba lleno de doblones de oro y de reales de a ocho. Cuando estuvieron cerca de la ciudad donde vivían, dijo el hombre de bien: -Partamos este dinero, para que pueda cada uno hacer de su parte lo que le diere gusto. El otro, que era bellaco, le respondió: -Por ventura, si nos viesen con tanto dinero, sería dar alguna sospecha, y aun quizá nos porníamos en peligro de que nos le robasen, porque no falta en la ciudad quien tiene cuenta con las bolsas ajenas. Paréceme que sería lo mejor tomar alguna pequeña cuantía por agora y enterrar lo demás en

sin comentarios
10 / 275
1 2 3 4 5 6 7 8