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Los pescadores de vigas
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Los pescadores de vigas

Los pescadores de vigas

El motivo fue cierto juego de comedor que mister Hall no tenía aun, y su fonógrafo le sirvió de anzuelo. Candiyú lo vio en la oficina provísoria de la “Yerba Company”, donde míster Hall maniobraba su fonógrafo a puerta abierta. Candiyú, como buen indígena, no manifestó sorpresa alguna, contentándose con detener su caballo un poco al través ante el chorro de luz y mirar a otra parte. Pero como un inglés a la caída de la noche, en mangas de camisa por el calor y con una botella de whisky al lado es cien veces más circunspecto que cualquier mestizo, míster Hall no levantó la vista del disco. Con lo que, vencido y conquistado, Candiyú concluyó por arrimar su caballo a la puerta, en cuyo umbral apoyó el codo. -Buenas noches, patrón. ¡Linda música! -Sí, linda -repuso míster Hall. -¡Linda! -repitió el otro-. ¡Cuánto ruido! -Sí, mucho ruido -asintió míster

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El peral de la tía miseria
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El peral de la tía miseria

El peral de la tía miseria

Leyenda española llena de moralejas que ha viajando por todo el mundo hasta llegar a esta biblioteca virtual. Este relato corto te puede ayudar a entender.

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El solitario
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El solitario

El solitario

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana. Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres, y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim. No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido hábil -artista aun-, carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella,

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La atanasia
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

La atanasia

La atanasia

¡Oh tierras del Mediodía, orillas del Mediterráneo, coronadas de flores! Vosotras os bañáis en las límpidas aguas cuyas mansas ondas vienen reflejando todas las pompas orientales; vosotras aspiráis un aire embalsamado, y las nubes de vuestro cielo semejan páramos inacabables de lumbre y esplendor; vosotras os vestís de cien colores, ceñido el cuerpo con la flexible palmera; vosotras sustentáis un pueblo jovial y movedizo, de donde están desterradas todas las hondas pasiones que roen y acaban con la vida, todos los incansables pensamientos que tiranizan el alma. Ahí las pasiones son flores de un día, y los pensamientos son nubes relucientes que, apenas aparecen, ya han pasado. ¡Oh tierra arenosa que eres tan fecunda y tan liviana, morada de la imaginación, asiento de la suspicacia, madre de alucinaciones, porque así como deslumbras la vista, deslumbras el entendimiento! Tú eres la tierra de promisión para las almas cansadas y tristes; los

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Yaguaí
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Yaguaí

Yaguaí

Ahora bien, no podía ser sino allí. Yaguaí olfateó la piedra -un sólido bloque de mineral de hierro- y dio una cautelosa vuelta en torno. Bajo el sol a mediodía de Misiones, el aire vibraba sobre el negro peñasco, fenómeno éste que no seducía al fox terrier. Allí abajo, sin embargo, estaba la lagartija. El perro giró nuevamente alrededor, resopló en un intersticio y, para honor de la raza, rascó un instante el bloque ardiente, hecho lo cual regreso con paso perezoso, que no impedía un sistemático olfateo a ambos lados. Entró en el comedor, echándose entre el aparador y la pared, fresco refugio que él consideraba como suyo, a pesar de tener en su contra la opinión de toda la casa. Pero el sombrío rincón, admirable cuando a la depresión de la atmósfera acompaña la falta de aire, tornábase imposible en un día de viento norte. Era éste un

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Santiago el mudo
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Santiago el mudo

Santiago el mudo

!Que oscura, pero qué dulce y tranquila se deslizaba en el vetusto pazo de Quindoiro la existencia de Santiago! Llamábanle en la aldea Santiago el Mudo no porque lo fuese, sino porque el mutismo voluntario equivale a la mudez, y Santiago acostumbraba a callar. Taciturno, reconcentrado, vegetaba en el pazo como la parietaria que se adhiere al muro ruinoso. Desde tiempo inmemorial, la familia de Santiago estaba al servicio de aquella casa; últimamente, sin embargo, se había roto la tradición; al trasladarse los señores del pazo a la ciudad, dos hermanos de Santiago emigraron a la América del Sur; Santiago, huérfano ya, se quedó solo en el noble caserón, declarando que se moría si de allí se apartase. Santiago era hermano de leche del señorito Raimundo, también huérfano. Las temporadas en que el señorito Raimundo venía al pazo, se despejaba la frente y se animaba la adusta fisonomía de Santiago

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Los buques
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

Los buques

Los buques

Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si dé día el peligro es menor, de, noche el buque no se ve ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro. Estos buques abandonados por a o por b navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo. No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos a cada minuto. Por ventura, las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de aguas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada

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El abuelito
diciembre 4, 2002|Cuentos Clásicos Cortos

El abuelito

El abuelito

¿Nevará, abuelito? – No, y si nieva, lo del adagio: año de bienes. No vaya, que nevará y.. -¡Sacrílega! Los heridos no tienen espera, y mañana… mañana te juro que sería tarde… -Pues, ¡ay, Jesús!, abríguense… Niño, esa boquita… abuelo, la bufanda… La tía ”Loba”, en mitad de la empedrada entrada de su clásico mesón, allí donde se abría el arco que marcaba el límite entre la entrada y la cocina, cara al corral, desgranaba un puñadito de guisantes, cuyos verdes granos, tamaños como perdigones gruesos, de los llamados zorreros, dejaba caer en una fuente rameada de la Alcora o de Manises que tenía en el regazo. Un gato enorme, rútilo, en segundo término, corría sin ruido detrás de una bolita de papel de estraza, y del corral llegaba distinto cacareo de gallos. En la chimenea, como un miriñaque invertido, un caldero colgado del cremallo, levantaba un discreto herborcico, lamido

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