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Una habitación en la selva
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Una habitación en la selva

Una habitación en la selva

No era un tipo vanidoso ni jactancioso, pero solía envanecerse y le resultaba divertido cuando algún crítico literario, un profesor de la universidad o un colega del gremio de escritores lo señalaba como el más brillante prosista de su generación injustamente tratado y con frecuencia ninguneado por la industria editora de libros; y se jactaba, bastante sincero, de que podía permitirse el lujo de no perseguir la gloria literaria con ansias de naufrago recomido por la fiebre del mar, y mucho menos anhelar en sueños fatuos la ordinariez del dinero y otros necios oropeles que alimentan el ego pequeño y ridículo de la mayoría de los novelistas. Le bastaba con el reconocimiento y el respeto de sus lectores (pocos pero casi unánimes en la admiración), y con aislados contundentes elogios aparecidos en los diarios y prensa especializada y firmados por reconocidos expertos: un catedrático de literatura, un miembro de la

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El Suicida
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

El Suicida

El Suicida

Al pie de la Biblia abierta –donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo– alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó. Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno. ¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos. Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco

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Membrete
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Membrete

Membrete

Membrete Arsénico López. Agencia matrimonial Plaza de la Separación, 2-1. Huelva La nota debió leerla a primera hora de la tarde, eso dijo la policía, pues sólo entonces acudía a la oficina, donde trabajaba hasta las ocho o las nueve, justo la hora en que lo encontraron muerto. En ella habían escrito una disculpa y una sentencia: “Esta noche no iré a recogerte. Dentro de cuatro horas estarás muerto” con letra elegante, de mujer madura y segura de sí misma; “de carácter fuerte y equilibrado”, según los calígrafos. Y era una de las hojas que utilizaba en el negocio, con el nombre y la dirección escritos con bonitas letras de imprenta. Arsénico levantó la vista del papel. Lo releyó. Se felicitó de que su mujer sólo hubiese escrito en el centro y que él pudiese completar así el relato de su “cita en la eternidad”, como le había divertido titularlo.

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La partida de ajedrez
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

La partida de ajedrez

La partida de ajedrez

Me fui a vivir al barrio en vísperas de sus fiestas patronales. La animación era grande y el programa de actos interesante y exhaustivo. Un torneo de ajedrez entre vecinos me llamó la atención y decidí inscribirme. Conocía algo de este juego, originario de la India, que requiere ingenio y esfuerzo intelectual. Y había leído los dos sonetos de Borges llenos de simbolismo y bellas imágenes. Un día antes del torneo, uno de los organizadores me dijo que había tenido mala suerte. –Le ha tocado jugar con el «Campeón» –me comentó. –¿El «Campeón»? –pregunté, extrañado. –Lo llamamos así porque ha ganado los tres últimos torneos. Es imbatible –me aclaró. –No importa. El riesgo y la dificultad me estimulan, y en cualquier caso no deja de ser un torneo amigable entre vecinos –le respondí. El día de la partida, sorteadas las fichas, le tocó a mi competidor jugar con blancas, de

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El Gigante Egoísta
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

El Gigante Egoísta

El Gigante Egoísta

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos. -¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros.Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían

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Flores Secas
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Flores Secas

Flores Secas

Allí, fijando su mirada perdida en el guitarra solista de ese grupo de rock, no acertaba a ver como los dedos del músico viajaban por el mástil de su instrumento de manera celérica. Tampoco escuchaba nada. Sólo pensaba en un cuerpo desnudo, que un rato antes había estado junto a él y que en ese instante sólo estaba en su recuerdo insistente. Hasta aquel día las miradas, las caricias y el sexo habían dicho mucho más que sus palabras, pero ambos sabían, desde hacía tiempo, que estaban atrapados en el mismo abismo, que les empujaba a derribar el miedo al fracaso y a los condicionantes de vidas anteriores, que todavía existían. Comprendió en ese momento que todo lo que no se decia durante horas supuraba, de manera deslabazada, mientras se entregaban al otro cuerpo o justo después, en la desnudez del silencio y los abrazos. Escuchaba, en la lejanía de

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Las colecciones de Campo Elías
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Las colecciones de Campo Elías

Las colecciones de Campo Elías

La primera colección que se le conoció a Campo Elías fue la de estampitas religiosas. Al hacer la primera comunión, los niños nos creíamos tan santos que comenzábamos a ir a misa a diario y comulgar, confesarnos cada semana y rezar el rosario con un entusiasmo que antes no teníamos. Campo Elías comenzó, además, a guardarse todas las estampas de santos que caían en sus manos y pronto creció la colección, que mostraba orgulloso a todas sus amistades. Entre sus tesoros tenía la Sagrada Familia, el Niño Jesús en muchas representaciones, el Nazareno, el Crucificado, el Resucitado, una asustadora representación del Juicio Final, el Ángel de la Guarda, los diversos arcángeles, San Jorge, San Cayetano, San Expedito y una gran cantidad de vírgenes, como la del Carmen, Nuestra Sra. de Guadalupe, la de Fátima, la del Rosario, la de Chiquinquirá, María Auxiliadora. Las estampitas las recogía en la catequesis de

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Tocado y hundido
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Tocado y hundido

Tocado y hundido

Este relato está dedicado a Dashiell Hammett y la novela negra, género que adoro. Pero sobre todo, es un pequeño y modesto homenaje a Humphrey Bogart, la estrella más brillante del cielo de Hollywood. Llegué aquella mañana al despacho con una resaca espantosa. Cuando abrí los ojos y la luz del sol me provocó una jaqueca persistente supe que iba a ser un mal día. Pero al ver al posible cliente esperando en la puerta, pensé que quizá había esperanza. Se de un tipo bien vestido, con traje, corbata y gabardina de un buen sastre, nada de grandes almacenes, buenos zapatos y una colonia cuyo aroma había invadido todo el rellano. – Buenos días Sr. Johnson, llevo una hora esperándole. Por su cara deduzco que ha sido una noche intensa. A pesar de su tono suave, su cara permanecía congelada en un gesto de eterna impaciencia. Como si considerará su

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Un extraño envio y otros relatos
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

Un extraño envio y otros relatos

Un extraño envio y otros relatos

Carta número uno Querido Ricardo: Hoy me ha ocurrido algo extraordinario, he ido como todas las mañanas a la oficina de correos a recoger nuestra correspondencia y me he encontrado un envío a mi nombre de la editorial Rosenburg, un voluminoso libro que lleva por título ” La mujer salvaje “. El tema me ha extrañado bastante hasta el punto que he llegado francamente intrigada a la cita que tenía con el carpintero al que habíamos encargado los muebles para la sala, y la verdad, no he prestado mucha atención a las medidas, con lo que supongo al final puede resultar todo un pequeño desastre. El envío me ha dejado perpleja, al principio he pensado que mi nombre figuraba en la lista de críticos literarios de la editorial y me lo habían hecho llegar para que hiciera alguna reseña sobre él , pero de todas formas no dejaba de ser

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En la casa del rey
diciembre 4, 2002|Relatos Cortos

En la casa del rey

En la casa del rey

En las veredas partidas, cuajaban los mendigos. Esquivé y pisé unos cuantos, en las treinta cuadras circulares, que me llevaron a la casa del Rey. Curiosamente las rejas se abrieron, y dos gigantescos guardias con cabezas de perro, me cerraron el paso. —Vengo en mi nombre —dije—, a pedir los dos deseos que me adeudan. Cruzaron miradas cómplices, y sonrieron socarronamente. ¿Me atacarían? ¿Cómo podría defenderme con mis míseros recursos, de tan fornidas bestias? ¿Me descuartizarían a dentelladas? El sonido lúgubre de las campanas, anunció que sería recibido. Dos hombres con cabezas de cerdo, me llevaron escalinatas abajo. Después de tropezar por un túnel circular, donde el aire era húmedo y asfixiante, me hallé ante el recinto del Rey. —Ya hemos decapitado a los guardias —habló el Rey con voz ensordecedora, sentado en su trono de barro—, ¿cuál es tu último deseo? Él sabía todo. Ni la más diminuta idea

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