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Las Criaturas de las Paredes

julio 3, 2024

El tiempo estaba en su contra. Gabriel intentaba romper las cadenas para escapar. Su musculoso cuerpo se encontraba restringido por los obstáculos que la vida le había impuesto. Años de preparación no significaban nada si no podía regresar a la arena. Eso era lo único que le interesaba—medir sus fuerzas con otros como él. Pero los dioses se habían encargado de destruir esa rutina.

Hace tan solo una semana, el pueblo de Gabriel fue atacado por un ejército conquistador. Conociendo las demandas, Gabriel y los demás se rindieron sin dar confrontación. No eran dueños de su libertad, así que luchar por ella era ridículo. Claro que cambiar de amo no siempre es placentero.

Luego de una semana de ser transportados en carretas, encerrados tras rejas para evitar su escape, Gabriel estuvo feliz de finalmente poder descansar.

Viajar por días completos hizo que la incomodidad de sentir cada piedra estrellarse contra las ruedas de madera se volviera normal. Para sorpresa de Gabriel, el viaje estuvo acompañado de alimentos, solo lo justo para no pasar hambre. Aunque conversar estaba prohibido.

La carreta viajaba rodeada de soldados a caballo, quienes se aseguraban de mantener el orden entre el botín de guerra.

Pero todo eso era un recuerdo para Gabriel. Ahora se encontraba en un cuarto oscuro, su fornido cuerpo protegido por un revelador atuendo de cuero. La espada que le entregaron al entrar estaba clavada en el piso de tierra, mientras Gabriel analizaba el escudo de madera.

Los gritos de los espectadores eran suficientes para que Gabriel supiera a lo que estaba a punto de enfrentarse. Se encontraba en uno de los cuartos adyacentes a la arena. Gabriel estaba ansioso por finalmente regresar.

En el interior de la arena, otros gladiadores esperaban. Seres que la vida había transformado. Criaturas que vivían por el espectáculo y estaban en constante rivalidad con otros de su clase.

Esta era la primera vez que Gabriel se enfrentaría a los retos que esta arena tenía preparados para sus gladiadores. Estaba listo para que las cadenas que lo mantenían restringido se soltaran, que las puertas se abrieran y salir a hacer lo que amaba—utilizar su talento para asombrarse a sí mismo.

Las experiencias de Gabriel lo colocaban en una posición de ventaja. Estaba listo para lo que sea que la vida le tuviera preparado. Era cuestión de tiempo para volver a entrar en la arena. La anticipación lo tomó por completo. Salir. Sentir las cadenas caer y finalmente dar uso a sus armas.

Más allá de la puerta se podían escuchar los sonidos de batalla mezclados con el asombro del público. Gabriel necesitaba ser admirado de nuevo. Esa era la única sensación que añoraba.

Solo en su celda, sintió el distintivo sonido seguido por la caída de las cadenas. Estaba listo cuando vio la luz entrar por la puerta. Sin temor, corrió hacia la arena, feliz de esperar ser una vez más sorprendido por la realidad.

Una vez afuera, se sintió liberado, como si todos los conflictos de la vida hubiesen desaparecido. Finalmente estaba en ese lugar que tanto añoraba. Rápidamente analizó el campo de batalla. Las criaturas contra las que los gladiadores tenían que luchar eran algo que Gabriel jamás había imaginado.

Seres cubiertos por el resplandor del metal pulido. Criaturas cuadrúpedas de una velocidad y fuerza inconcebibles. A la distancia, Gabriel notó que un grupo de gladiadores estaba rodeado por las criaturas de ojos brillantes con un destello rojo.

Gabriel miró sus armas de la misma forma que lo hizo la primera vez que entró en el campo de batalla. Han pasado años desde aquel día, desde el inicio de todo; cuando el miedo a la derrota era lo único que podía pensar. A la sensación de impotencia cuando una de las criaturas estaba a punto de terminar con su vida. De la primera vez que vio a uno de los gladiadores más experimentados.

El tiempo había borrado los sentimientos atados a aquel encuentro. Sin embargo, Gabriel volvió a sentir la mirada de aquel que le salvó la vida. Diez años de entrenamiento cambiaron su perspectiva de la arena. De la misma forma que sucedió hace tanto tiempo, Gabriel levantó su espada y vio su cuchilla brillar en rojo. Estaba listo para ser el protector de los nuevos participantes de la batalla.

Gabriel corrió. Era hora de demostrar que el tiempo es el mejor maestro.

Sebastián Iturralde

Tejedor de narrativas enigmáticas y relatos que exploran la profundidad de la experiencia humana con creatividad y pasión.

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