Dana estaba sola, sentada en el piso de su nuevo apartamento. En realidad, era un lugar para pasar la noche. Aunque su cuerpo le decía que debía permanecer sentada, la tristeza tomó control de la situación y ninguno de sus músculos parecía tener la fuerza para continuar.
Hace tan solo unas horas había tenido una de las conversaciones más pesadas de su vida. Era lo correcto. Ahora que estaba segura de la guerra de la que era parte, cortar la relación con Rafael era la decisión correcta.
Ellos tuvieron recuerdos inolvidables y Dana estaba lista para dejarlo ir. Era lo mejor.
Los últimos días han sido un caos total. Dana escapando de las fuerzas de la iglesia. Poner a Rafael fuera de peligro era lo único que importaba. Lamentablemente, su corazón no era capaz de comprender. El dolor constante era el de una enfermedad que lentamente te va llevando a la muerte.
El piso del apartamento que pudo rentar con el dinero que le sobraba era suficiente. Jacob tenía trabajo. De algo tiene que vivir, pensó ella, abriendo los ojos. Dana también tenía que hacer algo. Cambiar de identidad y fingir ser una persona diferente por la mayor cantidad de tiempo. Ahorrar todo. Alcanzar lo suficiente para escapar.
Esa era una meta alcanzable. Como un náufrago que encuentra un trozo de madera en medio del océano, Dana sintió tranquilidad. Esa era la respuesta que estaba buscando. Cambiar.
Concentrada en cada uno de sus pasos, recorrió toda la ciudad. La seguridad se encargaba de sostener a la tristeza a través del viaje. Dana debía encontrar todo lo necesario. Así que, entrando de una tienda a otra, fue comprando todo lo que vio necesario. Un cambio de look era indispensable.
El tiempo transcurrió y ella se encontró observando diferentes tintes de cabello. Un cambio radical era crucial, así que tomó una caja para decolorar el cabello. Fue entonces cuando su pequeño dragón salió de la cartera. Sonrió al verlo y acercó su mano para acariciarlo.
La criatura se envolvió en la mano antes de volar detrás de los cosméticos y dejar caer una caja de tinte. ¿Rosa?, se preguntó Dana, y la imagen de una rubia que termina en mechas rosas pasó por su mente. Eso era justo lo que estaba buscando.
Tener todo lo que estaba buscando en una bolsa hizo que se despertara su ansiedad. Dana tenía que llegar a su apartamento y empezar. Era hora de disfrazarse.
En el otro lado de la ciudad, fingiendo tener un empleo para poder dormir todo el día, Jacob dormía. Eso era lo que le tocó aprender: descansar durante el día para cuidar a la maga que encontró por coincidencia. Sus días empezaban demasiado temprano, desesperado por terminar alguno de los trabajos que se le habían asignado. Pintar todavía era su pasión. Trabajar en un cuadro era lo único que podía imaginar.
Su mente volaba entre imágenes de sus obras terminadas, de algún detalle que todavía no lograba perfeccionar, de alguna perspectiva que le faltaba examinar. Claro que, mientras dormía, todas estas ideas desaparecían y los terrores que guarda la noche regresaban de repente, sacándolo de un salto de su sueño.
Jacob no sabía por cuánto tiempo había estado dormido. Al mirar de un lado a otro empezó a dar sentido al tiempo, hasta que se dio cuenta de que solo habían pasado un par de horas. Regresar a la realidad tan de repente le costaba volver a tener control. Su cuerpo deseaba continuar en ese estado de trance en el que parece recargar sus fuerzas. Era demasiado tarde.
Su tiempo en el reino de los sueños sería suficiente. Era hora de prepararse para regresar a la ciudad. Jacob tomó el aparato electrónico más cercano y empezó a analizar las noticias.
El líder del país de la libertad, del libre comercio, cerró las fronteras con impuestos, sacando del negocio a cualquier empresa de importación.
Jacob sonrió. —Espero que estén listos para el socialismo del siglo veintiuno.
Luego dejó a un costado su artefacto. Imaginó lo que su país andino tuvo que pasar y lo difícil que fue librarse de ellos. ¿Qué más podía hacer? Observar los pasos de un movimiento que solo desea el control total y expande sus redes. Mirar a la juventud de una gran nación suplicar por un gobierno que los cuide como a niños.
Jacob solo podía esperar que aquel país del norte tuviera la fuerza que tuvimos para librarnos de esas garras… mientras Dana cambiaba su color de cabello con la esperanza de esconderse de la realidad. Soñando en un futuro en el que todo volviera a ser como antes. En un mundo sin persecución. En obtener un simple empleo de mesera y tener lo necesario para vivir.
Dana sintió una transformación cuando su nuevo estilo estuvo listo. La fuerza para una vez más salir al mundo sin temor, entrar a una cafetería y conseguir un trabajo.
El día continuó sin mayor sorpresa. Dana consiguió un trabajo y empezó enseguida. Con un delantal sobre su ropa atendió a clientes toda la tarde. Su sonrisa perdida detrás de los tonos rosas de las puntas de su cabello dorado. Conseguir dinero no era tan difícil como recordaba. Su presencia era suficiente para que clientes dudosos simplemente entrasen en su cafetería. Dana dejó atrás los temores de un mundo en el cual no quería ser parte… hasta que la volvieron a encontrar.
Dana era un target de tipo especial y por eso los recursos para encontrarla eran ilimitados. Con convenciones por todo el mundo, la iglesia la debía encontrar eventualmente. Claro que nadie se imaginaba que la visita llegaría de sorpresa. El Cardenal Agustín caminaba con algunos miembros de su congregación en búsqueda de un lugar para dialogar. Al entrar en la cafetería la identificó de inmediato. Todos habían sido notificados del incidente.
Agustín reconoció a la mujer de cabello dorado. Aunque en las imágenes que vio su aspecto era diferente, la inconfundible energía de una bruja emanaba de ella. Disfrazarte no te servirá de nada, pensó y se acercó al mostrador.
Dana vio al hombre de traje de cura. Sus intenciones eran claras. Lo único que le quedaba era fingir.
—Bienvenido a café con piernas —Dana no podía creer que una interacción tan casual le haría sentir tanto temor.
—Una mesa para cuatro —dijo el cardenal, girando para ver a sus acompañantes—, sigan, ya los alcanzo.
Dana y el cardenal se quedaron solos con el counter de por medio. El pequeño dragón salió del bolsillo del delantal para enrollarse alrededor del brazo de la bruja.
—Veo que sabes lo que está a punto de suceder —dijo el cardenal—. ¿Te gustaría que llevemos esto a otro lugar?
Dana asintió, otorgando permiso al conjuro. El cardenal sacó una cuchara de su bolsillo y, sin titubear, la introdujo en el agujero del ojo. En un movimiento preciso sacó la cuchara y sangre empezó a caer por el rostro. Dana miraba con asombro al extraño arrojar el ojo contra el piso.
Agustín sabía el precio de lo que estaba a punto de realizar. Arrojando el ojo al piso completó el sacrificio que otros miembros de la iglesia habían empezado. Agustín concentró su mirada en la prófuga que pone en riesgo el dominio de la fe que ellos inventaron.
El portal parecía consumir todo. Un torbellino que absorbía todo. Dana sintió cómo la fuerza del aire la arrastró hasta que lo único que podía ver era oscuridad. El paso del tiempo se detuvo en el silencio del vacío. Dana flotaba en paz como si todo lo que existía hubiese desaparecido. Los recuerdos de su primera batalla regresaron a la mente. Las imágenes del poder que era capaz de controlar y de lo bien que se sintió. Dana sintió al pequeño dragón presionando con fuerza; así que llevó sus brazos al pecho y lo sostuvo.
Eventualmente el huracán terminó y, de la misma forma que los demonios habían aparecido de la nada, Dana ahora se encontraba en un mundo tenebroso. El cielo oscuro se iluminaba con relámpagos que caían sin cesar. Todo a su alrededor era de roca. Dana podía ver como si un gran sol iluminara todo, pero no existía una estrella luminosa en el cielo. Nada en todas las direcciones era lo único que podía ver. Montañas de roca y nada.
Dana notó que su dragón ya no estaba. Buscando de un lado al otro lo alcanzó a ver. El pequeño ser de luz parecía estar atacando algo como lo hacen las aves. Al acercarse, ella pudo ver que era un demonio como el que había visto antes.
Sorprendida por la situación, intentó tomar control del aire. Nada. Dana se quedó con la mano extendida. Sin aire en este lugar árido, el agua también estaría lejos de su alcance. Así que se concentró en el fuego. La tierra se empezó a levantar como si las cenizas de un mundo que había acabado de estallar siguieran en llamas. La tierra se levantó con su control; los demonios fueron impulsados hacia la distancia. Todos. Mientras Dana caminaba y su control sobre el fuego la hacía dueña de toda la tierra a su alrededor.
Los demonios aturdidos continuaban intentando acercarse a la hechicera que parecía brillar con un aura roja, mientras el pequeño dragón de luz dorada la acompañaba.