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11 Jan 2026 Horror y Misterio

Un mundo de mentiras

¿Por qué sonríen todos si la vida es tan dura? Descubre el terrible secreto que mantiene unida a una comunidad de mentiras.

Un mundo de mentiras
Lectura aprox. 5 min
Palabras 997
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Un pueblo casi olvidado por el mundo donde curiosamente todos están bien. Sonreídos y felices por las circunstancias de sus vidas. Llegar a este lugar, como lo hace Sergio una vez en cada luna roja, se ha convertido en un dolor difícil de explicar. Las personas se mueven de un lado al otro con una felicidad que lo desconcierta.

En cada visita, Sergio se avergüenza del dolor que siente, pero con el pasar del tiempo todo se olvida. Estas personas disfrutan de la vida. Explotan al máximo cada circunstancia y lo hacen de una forma que Sergio no puede comprender. Como si no solo sus rostros estuvieran llenos de energía, sino también sus vidas.

Para Sergio nada es así de fácil. Sus días son largos y llenos de trabajos que explotan su cuerpo. Las noches son cansadas y difíciles de soportar, sin energía para continuar más allá del agotamiento.

Este pueblo es distinto durante las noches. Llenas de bailes y sustancias que acercan a quienes las consumen, solo un poco, a la muerte. Las sonrisas muestran un lado del pueblo que Sergio podría envidiar, si no fuera por el deterioro de sus calles y el abandono evidente.

Sin embargo, el contraste existe en sus lugares populares. Luego de atravesar la destrucción del olvido, uno se encuentra en un paraíso. Para Sergio, el centro es melancólico.

Para muchos, la tristeza es inexistente. ¿Cómo estar triste cuando hay tanto por vivir? Pero la verdad se oculta bajo capas invisibles que empiezan a volverse realidad.

Sergio observa a los puebloanos con sus ojos cansados, demostrando que el día es apenas una rutina que se debe sobrellevar para llegar a la verdadera vida de la noche.

La vida de los puebloanos es menos alentadora de lo que parece. Se despiertan en sus hogares en las afueras y conducen hacia sus diferentes centros de explotación laboral. Listos para vender sus recursos al mejor postor. La vida es un negocio, y uno debe vender lo que tiene, aunque sea su tiempo. Las horas pasan despacio. Las labores repetitivas se llevan lo mejor de cada uno. Pero a diferencia del resto del mundo, en este pueblo todos sonríen.

Sus días son una extensión de la fiesta sin límites que viven. Lo único que poseen es el placer de disfrutar cada instante como si fuera el mejor. Son reyes de un mundo que para tantos está lleno de dolor. Ídolos entre el caos de la pérdida.

Sergio camina despacio, observando todo lo que lo rodea. Intenta comprender cómo es posible que todos en este pueblo sean tan felices. Los lugares públicos son la máscara perfecta para un exterior descuidado. Pero eso no le importa mientras deambula esperando la noche. Listo para vivir nuevamente. Feliz de poder estar aquí, aunque sea un instante.

Los días pasan rápido en un pueblo demasiado grande para sentirse estancado en el tiempo. Sergio se deja llevar por la inercia, caminando sin rumbo fijo. Intenta ahorrar energía, pero el peso de las horas se vuelve una carga insoportable. Finalmente decide entrar en un local comercial para comprar una bebida, sin saber que lo que está a punto de presenciar le cambiará todo.

Para Sergio, los secretos mejor guardados aún no eran obvios cuando entró al lugar. Al cruzar por la puerta, notó el mundo cambiar. Un destello de luz. Una vibración tan leve que casi no la percibe. Luego, el velo cayó de sus ojos. Pudo ver lo que antes estaba oculto. Hombres con trajes naranja en todas partes. Sus cabelleras de distintos tonos y diseños fueron lo primero que le llamó la atención. Era lo único que podía observarse de ellos.

El resto de sus cuerpos estaba cubierto por tela naranja desgastada, casi gris. Un tono peculiar que hacía parecer que los hombres no existían del todo. Se quedó estático, con la boca abierta. Cuando uno de ellos lo miró, sus instintos despertaron de golpe—casi lo obligan a apartar la vista. Pero se controló. Necesitaba seguir como si nada sucediera.

Sergio empezó con naturalidad. Al girar hacia la salida, había más hombres—uno por cada grupo de personas, observándolos. Necesitaba continuar fingiendo. En realidad, esas criaturas no existían para los demás.

Sus pasos se tornaron pesados al notar que los hombres de naranja se mantenían cerca, escuchando cada palabra del lugar. Evitó cruzar miradas con nadie. Tomó algunos artículos del pasillo y se dirigió al mostrador. Una mujer lo atendía con una sonrisa.

—Buenas tardes.

Sergio intentó advertirle con la mirada, inclinando levemente la cabeza hacia donde estaban los hombres. Nada. Ella no los veía.

—¿ME ayudas con esto? —dijo Sergio, girando los artículos.

La mujer los tomó para verificar el costo. Mientras tecleaba, Sergio nota que su piel tiene un tono extraño, como si algo interno la estuviera consumiendo.

—Son tres con cuarenta.

Sergio sacó el dinero del bolsillo cuando notó que la mujer parecía estar sufriendo la misma condición que él sufrió hace años.

—¿Señora, usted tiene presión alta? —preguntó Sergio con sinceridad.

La mujer lo miró, y de repente, los recuerdos inundaron su mente. Los tratamientos. Las visitas al doctor. Los exámenes.

—Me estoy cuidando.

—Yo tenía un problema similar —dijo Sergio—. Me salieron manchas en la espalda que sangraban. Nada funcionaba. Hasta que decidí dejar el azúcar.

La mujer abrió los ojos con esperanza nueva.

—Sí, le creo —dijo la mujer—. He pasado muy mal estos años. No encuentro forma de librarme de este mal. Haría cualquier cosa por sanarme.

Los hombres de naranja se acercaron en silencio. Sus movimientos precisos, letales. Sin darle tiempo de reaccionar, la levantaron—como si cargaran arena—y la sacaron del local con rapidez. Todo sucedió en segundos. Sergio vio cómo la meten en un vehículo que esperaba afuera, con perfecta sincronización.

Luego comprendió. Finalmente lo entendió.

Esta gente no sonreía porque fuera feliz. Sonreían porque debían esconder su tristeza de los hombres de naranja. De los que hacían desaparecer a cualquiera que mostrara dolor. Y Sergio… ahora era cómplice de su silencio.

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Sebastián Iturralde

Sebastián Iturralde

Un simple ciudadano de este hermoso planeta, eterno enamorado de la creación artística y de las letras, con la firme convicción de que la energía creativa surge de la naturaleza.

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