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Gungnir
junio 12, 2019|Relatos Cortos

Gungnir

Gungnir

Entre los profetas se hablaba de las fluctuaciones energéticas, muchos empezaron a presentir la llegada del cambio. Sin embargo, no eran capaces de entender la importancia del tres de mayo, el mensaje era diferente a los demás, por años se conocía con exactitud el día de la llegada del nuevo mundo. No obstante, nadie sabía si el cambio sería positivo, no entendía el gran mensaje, pero los guerreros de la ley mística siguieron con seguridad las enseñanzas de sus maestros.

Ellos trabajaron por siete años para transformarse en templos, purificando sus cuerpos de toda toxina. Claro que, antes de este tiempo era extraño distinguir alimentos contaminados, sin embargo,  los guerreros siguieron la voz invisible del maestro, preparando las herramientas que tienen a su alcance, luchando para perfeccionar su ser.

Era extraño mirarlos caminar como seres normales. Ellos dejaron de ser parte del resto, puliendo sus atributos sin un aparente propósito. ¿Crecer? Quizá era hora de brillar como lo hicieron sus antepasados, claro que esta vez fue diferente, la guerra se vivió en silencio. El mundo se unió para luchar, pelear contra la contaminación del cuerpo, encontrar el camino más sano hacia el crecimiento personal.

Siete años los convirtieron en seres diferentes, una transformación mental que solo se había visto hace más de setecientos años. Era obvio que el cambio sea tan aparente, estos ingenuos guerreros de la ley mística siguieron las señales, pese a que no estaban seguros. Ellos decidieron escuchar los mensajes de esa: la voz que habla sin palabras.

Sin embargo, los mortales no entendían el significado de sus números. ¿Por qué fue escogido el siete? ¿Quién lo escogió? Era sencillo para su dios—Odín, siete era el número de años mortales que toma afilar su espada.

En la dimensión celestial fue escogida la fecha para su próximo encuentro. Odín debía estar listo, después de todo, ha pasado mucho tiempo desde su última batalla. Los dioses fueron otorgados un corto descanso antes de que el próximo torneo empiece, siete años para él fue tiempo suficiente para tener lista su arma.

Odín dependía de la fuerza de esa gran espada para sobrevivir su próximo encuentro. Está batalla sería diferente, luego de ser el campeón de su último torneo, era obvio que los ancianos lo suban de categoría. Sin embargo, las reglas se mantendría iguales, dos entran al abismo de batalla, pero solo uno puede salir.

Odín sabía que su vida estaba en juego, su contrincante era un conocido campeón, más de seiscientas batallas, y seguía con vida. Él era diferente a los dioses que Odín conocía, por alguna razón su aspecto era abominable, se decía que él controlaba a sus mortales con puño de hierro, algunos se referían a ese universo como el infierno. Sin embargo, en la dimensión de los dioses, ese tipo de problemas son irrelevantes, lo único que importa es vencer su próxima batalla, salir victorioso y ganar el poder del contrincante. Aunque, esa transformación no siempre es positiva, el arma de un dios es la expresión de su poder.

Luego de pasar por el desarrollo de la infancia, todos los dioses eran presentados con la oportunidad de portar un universo. La forja celestia es un espacio sagrado donde pocos de los más poderosos ancianos trabajaban incansablemente para dar fruto a nuevos universos. Sin embargo, ellos no son quien moldea un arma, Odín recibió la suya desde muy joven, y gracias a su cuidado e intervención llegó a verse como el gran espada que es.

Los mortales de su universo, los seres que viven dentro de su espada, los guerreros de la ley mística: debían estar afilados y listos para la próxima batalla. Por eso sentían necesario el cambio, aunque no podían estar seguros de lo que estaba a punto de suceder.

Odín, el dios que porta la gran espada, estaba a punto de entrar al abismo de batalla. Su familia observando el escenario, la pelea será eterna para los mortales, generaciones de ellos deberán nacer y morir dentro del conflicto, sus vida regidas por el esfuerzo de Odín para vencer. Sin embargo, para él durará minutos, será un instante de ataques hasta que uno de ellos caiga, luego, en presencia de todo el público, el ganador tendrá que destruir al universo de su contrincante, y consumirlo con el suyo.

Odín sostenía su gran espada con dos manos. Él hablaba con sus mortales, aunque no sabía porque lo hacía. “Gungnir,” él dijo, “se mi protección contra este oponente.”

La espada brilló, por un instante. Algo que solo él había sido capaz de presenciar, esto era diferente, al parecer sus mortales también estaban listo para la guerra.

Dos puertas se abrieron a los costados del abismo. De una de ella salió un dios rojo de cuerpo musculoso, él estaba cubierto, únicamente, por cadenas negras, las grandes manos que terminan en garras sostenían un tridente negro, ese era su universo. Sus más de seiscientas victorias lo convirtieron en un arma letal, se podía ver llamas brotar por sus costados. El tamaño del tridente era imponente, bajo las leyes mortales: imposible de levantar. Sin embargo, el dios de seis cuernos lo movía alrededor de su cuerpo con facilidad y destreza. El público disfrutaba el espectáculo de fuego que daba Lucifer al pasar su arma de un costado al otro.

En el otro extremo del abismo, escondido bajo el armadura que fabricó su padre, el primero de su familia en ganar un torneo—Odín, estaba listo para la batalla. El brillo azul que vio hace poco, ahora lo rodea. Cubriendo el plateado se su gran espada, siguiendo por sus guantes de metal, cubriendo toda su armadura. Sin embargo, el público solo tenía ojos para las llamas de Lucifer. Odín empuñó a Gungnir con fuerza, él es su único protector, de esta batalla depende el futuro de todos.

Sus mortales no entendían las sensaciones que vivían. Algunos de ellos nacieron y murieron desde que las puertas del abismo fueron abiertas, ellos vivieron los sentimientos de su dios, Odín sabía que este podía ser el final. Él era demasiado joven para vencer a su oponente, las probabilidades no estaban a su favor. Odín ni siquiera debería haber clasificado a este evento, él era un simple joven de los bordes, todavía era desconocida la razón para que los ancianos lo escojan.

Su primer torneo empezó al poco tiempo de recibir a Gungnir. Él debía morir para que otro tenga la oportunidad de portar a aquel magnífico universo, algunos de los dioses de Inthys envidiaban la suerte de Odín. Las reglas del torneo eran claras, solo podía salir un participante con vida, el otro debía escoger un universo para gobernar, y devorar al otro por medio de un simple conjuro. De todas formas, ver a un universo ser devorado por otro era un espectáculo grotesco y sangriento.

Odín sostenía a su gran espada, él la empuñaba con orgullo, desde que recibió a Gungnir su vida cambió. Él se convirtió en el dios de un pueblo que lo adora, miles de leyendas se escribieron en su honor, pese a que sus mortales no conocían su nombre. Desde luego, la comunicación entre dios y los mortales que habitan su universo es un vínculo, siendo ellos uno, capaces de sentir todo lo que al otro le sucede.

Odín tenía miedo, sin embargo, salió a flotar en medio del abismo, listo para defender a su universo, y hacerlo con su vida.

Lucifer por otro lado estaba calmado, haciendo un espectáculo con su tridente, esta era la primera pelea del torneo, y él era el preferido para ganar. Sus músculos rojos estaban cubiertos por las cicatrices de más de seiscientas batallas, en su región logró ser el único en alcanzar tan magno privilegio. Él estaba cerca de ser invitado al torneo supremo, una vez al destello estelar se reúnen a los campeones del todo Inthys para la oportunidad de subir a encontrarse con los creadores.

Una esfera brillante color púrpura bajó de los cielos, se detuvo en medio del abismo, a la altura del público. Sin palabras dio por iniciada la batalla, solo bajo su luz es permitido que un dios termine con la vida de otro.

Odín miró a Lucifer flotar a la distancia, su cola roja colgada detrás de él, las manos sosteniendo con fuerza él tridente. Odín jamás había visto una criatura igual, el rostro de una serpiente que logró desarrollar extremidades, para él, el aspecto de su contrincante era desagradable.

Por otro lado, Odín traía cubierto su cuerpo por finas costuras que su madre fabricó para la ocasión, los colores de su familia: rojo, blanco y azul, resaltan sobre el plateado de su armadura. Gungnir brillaba como nunca lo había hecho, canalizando la energía que los une, dándole al joven dios poderes que a su edad no podría tener.

La aceptación de los mortales fue casi instantánea. Todo los seres del universo lo adoraban a su forma, unos pocos, incluso, intentado odiarlo—pues crear es la fuente de su energía. De tal forma, con cada palabra demostraban su adoración. Por ende, la conexión entre ellos—Gungnir—y su dios era perfecta.

Odín jamás pensó ser merecedor de peso que implica empuñar un universo, pero cuando lo sostuvo en sus manos supo que este sería el mejor trabajo que logre alcanzar. Para Odín, la vida de su preciada gran espada era más importante que cualquier torneo, sin embargo, esta batalla era inevitable.

Odín se lanzó contra su oponente, Lucifer sonrió. Esta será una pelea fácil para el campeón, no era necesario esforzarse. Odín sintió el choque de su espada contra el tridente, Lucifer detuvo su ataque con facilidad.

“Esa es el arma de la que tanto hablan,” dijo Lucifer. Después, devolvió el ataque, solo que este fue diferente.

Odín sintió al negro metal de tridente chocar contra su arma y expandirse por el abismo, la energía tan fuerte que lo envió a un costado. Él miró a Gungnir, el negro estaba impregnado sobre el metal, su espada contaminada, y con eso llegó el tres de Mayo.

Los mortales sabían que llegaría el día, pero jamás pensaron que estaría lleno de oscuridad. Magia negra apareció por primera vez entre ellos, sus practicantes lograron formar un ejército en contra de los guerreros de la ley mística. Por años la oscuridad cubrió la dimensión de los mortales.

Sin embargo, y pese al dolor que Odín sintió, él siguió luchando. Sus ataque eran desviados con facilidad, el poder de su arma atrapado. Él estaba en verdaderos problemas, esquivando ataques, con la esperanza de que ese tridente no vuelva a entrar en contacto con su espada, pero era imposible.

Odín estaba perdido, volando de un extremo al otro, usando al abismo como su arma, seguro de que era imposible vencer. Gungnir volvió a brillar, los mortales debieron lograr librarse de la oscuridad, era la única explicación.

Lucifer jugaba con su contrincante, él estaba dando un espectáculo de acrobacias y fuego, el público lo amaba. Muchos, como él, tenían la piel roja, incluso brillante. Ellos, los que viajaron por más de trescientos días, listos para ver una nueva pelea de su campeón.

Odín sintió la luz azul rodear su armadura. Sin embargo, el poder era diferente, esta vez estallaba como una corriente eléctrica a su alrededor. Él empuñó a Gungnir con fuerza, seguro de sí mismo, Odín se impulsó cortando la distancia, acercándose a gran velocidad, dejando que la punta de su espada abra camino.

Lucifer desvió con facilidad el ataque, su tridente se estrelló contra Gungnir, pero estaba vez fue diferente. La exposición de energía no solo fue negra, también azul. El azul con rayos de electricidad que Odín sintió, toda esta energía los impulsó a diferentes costados del abismo.

“¿Qué crees que estás haciendo, muchacho?” dijo Lucifer, enfurecido al ver que su piel fue cortada por las explicaciones eléctricas. “Te mataré.”

Los mortales tuvieron pesadillas esa noche, y muchas otras en las que podían ver la cara del dios con seis cuernos.

Odín debía aprovechar el descuido de su contrincante, era posible que su universo encuentre una forma de derrotar a su espada. Lucifer era demasiado poderoso, solo con la fuerza de Gungnir era posible vencer esta batalla.

Él volvió a atacar, esta vez Lucifer estaba preparado, sus armas se estrellaron creando explosiones que entretenían al público. La pelea era más de lo que esperaban, las probabilidades cambiaron, muchos empezaron a ver al joven como merecedor de empuñar a su universo. Pues, son pocos los que alcanzar gobernar uno.

Odín atacó con euforia, bajando demasiado su guardia, arriesgando un poco más de lo necesario. Sin embargo, Lucifer se defendió con facilidad. Odín notó los cortes en la piel de su contrincante, esa debía ser la respuesta, su defensa parecía impenetrable, pero, quizá. Era una locura, él ni siquiera sabía cómo controlar la energía de su arma. Peor aún, ser capaz de usarla… el ataque llegó sin advertencia.

Lucifer arriesgó todo para vencer, lanzando su tridente. Odín no podría detenerlo sin usar toda la fuerza de su arma, él levantó a Gungnir para defenderse, deteniendo al tridente, pero la fuerza fue demasiado fuerte, no podría continuar sin que su espada se parta en dos. Así que Odín decidió dejar que el tridente continúe su trayectoria, recibiendo el golpe al costado de su casco.

Odín levantó la mirada para ver a Lucifer reír a la distancia, el tridente de regreso en su mano. Debía intentarlo, volver a atacar pero esta vez hacerlo diferente. Él se lanzó contra Lucifer, concentrando la energía de su espada en la mano izquierda, incapaz de ver por el ojo derecho. Odín atacó, desviando la atención de su contrincante, y trató de crear una explosión de energía con su mano.

Un rayo empezó en la palma de su mano y se estrelló contra la piel desnuda de su contrincante, Lucifer cayó vencido por el abismo, mientras el futuro de su tridente quedó en las manos de Odín. Él no quería volver a destruir un universo, unirlo con el suyo hacía que todo entre en caos, pero no tenía alternativa.

Odín empezó el conjuro, colocando a Gungnir sobre el tridente, dejando que lentamente lo consuma, transformado a la gran espada en una lanza.

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Sebastián Iturralde

Autor con la escasa experiencia de un novato que lleva cinco años desarrollando su talento.

one comment

  • junio 12, 2019 at 4:15 pm

    Me ha gustado mucho

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