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El Gatillo
junio 5, 2019|Relatos Cortos

El Gatillo

El Gatillo

Desde hace mucho tiempo que las cosas dejaron de ser diferentes. En la particularidad del tiempo lo peor es regresar a la constante e interminable repetición, sin embargo puedo recordar días sorprendentes, pensó Juan Carlos, mirando con atención la pantalla de su computador. Era claro que él, igual que muchos otros estaban buscando un cambio, un camino que los pueda llevar a ese instante en el cual todo es nuevo, incluso los colores son más bellos. El problema siempre ha sido el mismo: ¿Qué tanto estás dispuesto a pagar para que eso suceda?

Juan Carlos nunca pensó en esta pregunta, desde luego, él vivía una simple rutina de trabajo, sencillo de recordar para que no repita los errores que uno tiende a cometer. Sin menospreciar su función, aunque incluso él llegó a encontrar el llevar la contabilidad aburrido. Quizá era la industria en la que trabajaba o tan solo lo pequeña que se ha convertido la empresa que lo contrató, pero él estaba a punto de aceptar cualquier propuesta para no estar sentado, sin nada que hacer, por horas.

Sus deudas, la familia con la que ya no vive, el hijo que no quiso reconocer pese a las pruebas médicas. Juan Carlos no tenía otra alternativa, trabajar en lo que esté disponible, y hacerlo sin el mayor entusiasmo. De todos modos, él encontraba placer en sus salidas nocturnas, estar rodeado de las personas que temen la luz del día. Sin embargo, años de intentar ser parte de algún círculo diferente le fue imposible, él era… insignificante, desde los ojos de otros delincuentes, desde luego. Para el mundo normal él era uno más, sin tatuajes o cicatrices, uno graduado de la universidad que creyó todo lo que le dijeron.

Sin embargo, Juan Carlos no tenía lo que quería, él soñaba con una gran mansión y hermosas mujeres de cuerpos deliciosos, todos bailando en una fiesta que solo termina para recuperar la energía necesaria para la próxima. Él tenía un gran estomago, desde luego, Juan Carlos encontraba repulsivo realizar cualquier tipo de actividad física, pero disfrutaba comer tanto que aprendió a cocinar y muy bien.

Hoy se encontraba buscando entre los archivos de su computador, en algún lugar debía estar ese número que logrará que todo cuadre.

¿Estás listo para la revolución? apareció en una nueva ventana de la pantalla del computador.

¿Qué es esto? pensó Juan Carlos.

Juan Carlos intentó cerrar la ventana para continuar su trabajo pero vio que era imposible, el pequeño cuadro negro con letras blancas no desaparecía. Él intentó presionar algunos botones de su teclado, pero solo vio letras aparecer el cuadro negro. Juan Carlos miró de un lado al otro para ver si alguno de sus compañeros lo estaba mirando, sin embargo encontró a todos concentrados en sus pantallas. Él pensó en desconectar el cable de electricidad…

Solo estamos tu y yo… apareció bajo el anterior texto en el cuadro negro de su pantalla. Es mejor que tomes una decisión acertada.

“¿Qué está pasando?” él susurro.

En tus manos se encuentra la vida de todas las personas de este edificio.

Juan Carlos se agachó para buscar el cable y desconectó su computador.

“¿Qué está sucediendo aquí?” preguntó uno de los supervisores rondando la oficina llena de cubículos.

“No es nada,” dijo Juan Carlos desde el piso. “Solo tenía que reiniciar esta maquina.”

“Me doy una vuelta,” dijo el hombre fornido. “Al regresar veremos si es necesario llamar a un técnico.”

“No va a ser necesario.”

De repente, el teléfono en su bolsillo empezó con una vibración inusual, a diferencia de otras, esta seguía sin parar, continua y repetitiva como si el aparato estuviese pidiendo ayuda. Finalmente, Juan Carlos lo sacó del bolsillo, pero este continuaba moviéndose, incluso después de ser desbloqueado. El mismo cuadro negro se apoderó de su pantalla, los mensajes en el mismo lugar que los de su computador.

De esta decisión tampoco puedes huir, aunque no tiene tus mismos ojos.

No estoy interesado en seguir tu juego, escribió Juan Carlos en su celular.

Tienes cinco minutos para escoger entre salvar a todos tus compañeros de trabajo o a ti.

Un reloj apareció en la pantalla del celular y empezó el conteo regresivo desde cinco minutos.

No entiendo lo que estás pidiendo, escribió Juan Carlos.

Al parecer logré llamar tu atención.

¿Qué es lo que quieres? escribió Juan Carlos.

Ya te dije, quiero que escojas. ¿Ellos o tu? El tiempo se agota.

Es fácil, escribió Juan Carlos, simplemente no voy a decidir.

En caso de que no decidas entenderé que prefieres la vida de los demás antes que la tuya.

Espera, no me refiero a eso, escribió Juan Carlos.

Este no es un juego Juan Carlos.

Era imposible…debía ser una broma, después de todo sabe cual es su nombre. Sin embargo, Juan Carlos volvió a leer los mensajes en su teléfono, solo hay cuatro personas que saben lo que pasó con su hijo, era imposible que una de ellas haya mencionado lo parecido que son sus ojos, ese seria el más obvio indicador que se trataba de uno de ellos, en tal caso era simple. Juan Carlos decidió seguir el juego, seguro que se trataba de uno de sus amigos.

Está bien, finalmente escribió Juan Carlos. Escojo mi vida antes que la de ellos.

Seguro de que se trataba de una broma, él esperó a que las cartas le den la victoria en esta mesa, cuando una pequeña luz roja de láser brilló sobre sus manos.

Ese punto es la mira de mi rifle, apareció en la pantalla del celular.

Pero, de dónde proviene.

Juan Carlos miró de un lado al otro, pero no pudo encontrar la fuente del pequeño punto rojo.

Sigue mis indicaciones sin objeción y saldrás ileso.

La posibilidad de que todo sea un juego empezó a desvanecer, Juan Carlos siguió buscando a por la ventana.

Baja al sótano.

Juan Carlos no recordaba el sótano, es posible que esta sea la primera vez que escucha de su existencia. Él debía tomar una decisión y debía hacerlo pronto.

No sabía que hay un sótano, escribió Juan Carlos, intentado hacer un poco de conversación.

Tienes cinco minutos.

Pero Juan Carlos no sabía cuánto tiempo le tomaría llegar al sótano, él era capaz de regresar de su almuerzo en tres minutos desde el estacionamiento, sin embargo, él no podía recordar dónde encontrar la puerta del sótano. Las escaleras, era la respuesta obvia.

Sin pensar en lo que estaba por suceder, Juan Carlos levantó la mirada para buscar al supervisor más cercano, para su sorpresa el camino estaba libre, así que él se levantó de su escritorio, después se dirigió directo a las escaleras.

¿Qué puede haber en el sótano? él pensó. Después de todo, el texto en su celular decía que terminará con la vida de todos, sin embargo, en el edificio debían estar personas de otras empresas. Acaso, los mensajes se referían a ellos también.

Juan Carlos encontró la puerta de las gradas, después tomó la perilla, y se sorprendió al encontrarla abierta. Lo estrictos que eran en su oficina le hicieron pensar que encontraría la puerta cerrada, él la abrió con facilidad. Un aire frío y húmedo pasó alrededor de su cuerpo.

Con el pasar del tiempo, él volvió a pensar que era alguna clase de broma, solo tenía que descubrir quién estaba detrás de esto. Bajar por las gradas de concreto se volvió cansado y repetitivo, Juan Carlos respiraba agitado, sin embargo no recordaba la razón para bajar con tanta prisa, en un instante recordó la luz roja moviéndose sobre su mano. Podía ser un simple láser, pero de dónde provenía. El edificio a su costado tenía las ventanas oscuras, Juan Carlos siempre se preguntó quién estaba al otro lado.

Sin embargo, ahora solo podía pensar que llegar al sótano. Al bajar el último escalón, él se encontró con una puerta cerrada, está era la primera vez que llegaba a este lugar, el frío que sintió bajar por las gradas aumentó, logrando que su preocupación aumente.

Listo, llegué al sótano, escribió Juan Carlos.

Pero no llegó otro mensaje, era posible que haya perdido la señal, en tal caso… Juan Carlos no sabía lo que podía suceder. No he visto o hablando con mis amigos, pensó. Deben ser meses desde la última vez que los vi. Él no recordaba que había pasado más de un año desde que los vio, la pérdida de su familia fue devastadora, Juan Carlos se aisló del mundo.

Entra en el sótano y camina en línea recta.

Juan Carlos abrió la puerta y empezó a caminar, él no cuestionaba sus acciones, algo le decía que estaba haciendo lo correcto, cuando encontró vio una luz roja parpadeando contra una pared. El sótano estaba lleno de estas luces rojas sobre cajas grises, todas pegadas a las paredes y columnas del lugar.

Estoy aquí, escribió Juan Carlos.

Imagino que puedes ver un pequeño control sobre una mesa de madera.

Juan Carlos miró de un lado al otro hasta encontrar la mesa de madera, el aparato negro se encontraba sobre ella, se veía como el mango de una pistola.

Tómalo, llévalo afuera del edificio y espera mis instrucciones.

No voy a hacer eso, escribió Juan Carlos.

En la pantalla del celular se podían ver tres puntos apareciendo y desapareciendo. Juan Carlos esperaba con ansias que llegue el siguiente mensaje, sin embargo los puntos desaparecieron. Él se quedó en el sótano, mirando la mesa de madera. Este tipo está loco, pensó Juan Carlos, no voy a seguir…

Los tres puntos aparecieron en la pantalla, después llegó un mensaje. La imagen era muy pequeña para distinguirla con claridad, así que Juan Carlos presionó sobre ella, su pequeña hija jugando en un parque infantil.

No metas a mi hija en eso, escribió Juan Carlos.

Tienes cinco minutos para salir del edificio. La pantalla negra de letras blancas desapareció, en su lugar se podía ver el conteo regresivo de un reloj.

Juan Carlos intentó presionar todas la teclas para regresar a la conversación, pero fue imposible. Él tomó al aparato de la mesa y salió corriendo del sótano, la imagen de su hija clara en su mente, había pasado demasiado tiempo desde la última vez que la vio, era una muñeca. La idea de involucrarla en esta situación lo hizo perder el control, él estaba seguro que esta no era una broma de sus amigos, cuáles amigos.

Al llegar a la plata baja abrió la puerta, las gradas lo dejaron a pocos metros de la puerta, él estaba listo para continuar el juego, sin embargo, todavía tenía tiempo. Puedo hablar con… Juan Carlos pensó. Él no recordaba el nombre del guardia, era posible que nunca lo haya escuchado, claro que pedirle ayuda pasó por su mente.

Juan Carlos camino sin regresar a ver, paso por la puerta principal sin decir una palabra. Su mirada concentrada en el vació frente a él, el reloj contando los segundos en la pantalla de su celular, en el exterior del edificio el sol de mediodía brillaba con fuerza. Vamos, dime, pensó Juan Carlos. ¿Qué debo hacer ahora?

Los segundos parecían alargarse. Cada uno llegaba un poco las tarde que el anterior, él había olvidado lo que se siente vivir el presente.

Presiona el botón y todo habrá terminado, apareció en la pantalla.

Juan Carlos pensó en una respuesta cuando vio la luz del láser pasar una vez más sobre sus manos. Él levantó la mirada para buscar de un lado al otro, sin embargo le fue imposible encontrar la fuente de esa luz. La vida de los demás o la su suya, pensó Juan Carlos. El edificio debía estar lleno de personas, todos esperando terminar el trabajo para ir a sus casas, listos para besar a sus seres queridos. Por otro lado, Juan Carlos tendrá que regresar a su oscuro y húmedo departamento, su único propósito, intentar olvidar la soledad que lo atormenta.

No lo voy a hacer, él finalidad escribió.

Escoge tu camino con sabiduría.

No me puedes obligar a matar a tantas personas, Juan Carlos escribió. Él aceptó que la vida de los demás era más importante que la suya.

Tienes un minuto para decidir, apareció en su celular por un instante. Después el reloj volvió a tomar control de su pantalla, mostrando el conteo regresivo de sesenta segundos.

Esto es lo correcto, pensó Juan Carlos. Solo debo esperar sesenta segundos y terminará, un abrir y cerrar de ojos. Respira, todo va a salir bien. Sin embargo, los segundos pasaban lentamente. ¿Quiénes son ellos? Ninguna de estas personas estuvieron cuando las necesitaba. ¿Por qué me debería importar?

El tiempo siguió su rumbo, la mano de Juan Carlos empezó a sudar, él no podía dejar de presionar levemente el gatillo del aparato negro. ¿Qué hago? pensó. Dios, ayúdame. Sin embargo, él no recibió una señal que facilite su decisión.

El reloj llegó a cero y se escuchó un disparo, después la explosión controlada de las columnas del edificio lo hizo colapsar frente a Juan Carlos, él cayó sobre sus rodillas, la bala que perforó su pierna izquierda lo dejó inmóvil. Él esperó con el aparato en sus manos hasta que los testigos lo rodearon.

6 comentarios
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Sebastián Iturralde

Autor con la escasa experiencia de un novato que lleva cinco años desarrollando su talento.

6 comments

  • junio 5, 2019 at 6:41 am

    Como Juan Carlos jugando con su propia desesperación, has conseguido alentar mi curiosidad. Sí, m ha gustado!
    Saludos.

  • Marisabel Iturralde
    junio 5, 2019 at 4:33 pm

    Me tubo pendiente hasta el último momento!
    Me gusto mucho

  • junio 8, 2019 at 1:24 pm

    Muy bueno. Atrapante

  • junio 12, 2019 at 8:24 pm

    wooooow

  • junio 17, 2019 at 4:47 am

    un final es siempre un principio. Cuando algo te deja con ganas de más , es que es bueno.

  • junio 17, 2019 at 3:52 pm

    Sabes atrapar cuando te leo.
    Un abrazo⚘

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