CARGANDO

Encuentra más aquí

29 Apr 2026 🔫 Bala y Colmillo

Detrás de las Luces de la Ciudad

Maximus quiere probar que merece su puesto, pero su primer caso lo arrastra a una ciudad donde la autoridad, la tecnologia y el peligro van de la mano.

Detrás de las Luces de la Ciudad
Lectura aprox. 8 min
Palabras 1497
Compartir

📚 Disponible en otros idiomas

Llegué a eso de las nueve. Era una antigua construcción con más humedad de la recomendable. Tantas promesas habían creado una expectativa del lugar, para nada justificadas. Solo el anhelo de seguir en libertad me movía hacia adelante. Mis sueños eran parte del olvido mientras hombres uniformados le daban vida al lugar. Sentí un leve abrigo gracias al suelo de madera y escritorios esparcidos bajo la luz de ventanales de una cúpula.

—Busco al Capitán Dos Santos —dije a la mujer de la recepción.

Ella continuó sin prestar importancia, pero su dedo fue la única respuesta que necesitaba. —Por allá, muchacho.

Levanté la mirada para ver el despacho del capitán. Allí estaba, sobre una plataforma de madera. Un frío en el pecho empezó a crecer con cada paso. Caminé a través de toda la jefatura para finalmente llegar a las gradas de acceso. Desde allí podía ver la puerta abierta y el siguiente paso en este viaje.

La jefatura era tal y como me la esperaba. Una lucha de poder entre delincuentes esposados y uniformados ejerciendo autoridad. Esto era en lo que me había convertido. Uno más de los que usa la fuerza para ejercer el orden, aunque era preferible a estar del otro lado de la moneda. Una sensación conocida volvió a crecer en mi pecho. Esa satisfacción que solo puedes alcanzar cuando sostienes a un hombre con una rodilla sobre su espalda. Era hora de salir a mi primer caso oficial.

Todo eso podía esperar cuando di el primer paso al interior de la oficina del Capitán Dos Santos.

Caminé tratando de dejar atrás esos pensamientos. Hombres uniformados y personas esposadas pasaban cerca. Una sensación de urgencia despertó el deseo de salir a trabajar en mi primer caso. Todos los años de estudios no te enseñan lo que aprenderás en el primer día de trabajo, al menos eso pensaba. La puerta de su oficina estaba abierta, así que pasé sin golpear.

—Capitán —dije al ver al hombre tras su escritorio.

Dos Santos se veía algo pasado de peso. Sin levantar la mirada de los documentos, respondió: —Sí, muchacho, ¿qué necesitas?

—Soy Subteniente Maximus Overdrive. Aquí están mis documentos de la academia —respondí, extendiendo mi brazo para que los documentos estuvieran al alcance de Dos Santos.

Parecía que era la primera vez que Dos Santos veía mi expediente. No existía otra razón para que lo estuviera analizando tan detalladamente.

—Subteniente Overdrive, no crea usted que tendrá un trato especial. Aquí será uno más de la tropa —dijo Dos Santos, levantándose de su escritorio.

Sentí mi cuerpo querer dar un paso hacia atrás.

—Sí, Capitán —respondí.

El Capitán me observó detenidamente por un instante, luego levantó su brazo.

—Overdrive, sal y trata de ser útil.

No pude esperar un segundo antes de salir del despacho. Una parte de mí quería abandonar la jefatura y no volver. ¿Qué debía hacer ahora que la persona que supuestamente sería mi guía me sugerí ser útil?

—¡Guadaña! —gritó el Capitán desde adentro— ¡Ayuda a Overdrive a buscar un escritorio!

Un hombre levantó la mirada al escuchar la orden. Decidí caminar en su dirección. Guadaña parecía estar terminando de arreglar su escritorio.

—Bienvenido, Subteniente —dijo, levantando una mano a la altura de su frente.

No supe qué pensar al ver su rostro. Algo dentro de mí decía que ese saludo era sospechoso. El hombre se levantó y caminó pocos pasos hasta un escritorio cercano.

—Empezarás desde aquí, muchacho, pero no esperes que llegues muy lejos —dijo, colocando su mano sobre el segundo escritorio más cercano al despacho del Capitán antes de regresar al suyo.

Al llegar al escritorio encontré una carpeta con mi nombre. La abrí para encontrar un folleto de instrucciones y una nota. «Las llaves están en el cajón» decía.

Decidí abrir el primer cajón del escritorio. Allí estaban las llaves que tanto esperaba. Finalmente tenía acceso a mi patrulla. Tomé las llaves, giré con prisa. Debía ver el vehículo que me habían asignado.

—Volveré en un instante —dije, esperando que el Capitán escuchara mi voz, y me alejé de todo.

En el exterior de la jefatura de policía se encontraban estacionadas varias patrullas. Tomé las llaves y presioné uno de los botones para activar el sistema de desbloqueo. Un sonido llamó mi atención.

Giré el rostro. Allí estaba, con sus luces iluminadas. Me acerqué lentamente para admirar el brillo de la pintura. Se veía imponente. La

anticipación de ver su interior me llevaba hacia la patrulla en un estado de hipnosis.

Al abrir la puerta fui envuelto por el aroma de auto nuevo. El cuero del asiento parecía no haber sido usado. Entré rápido para sentir el cuero en mi espalda.

—Bienvenido, Teniente Maximus Overdrive —sonó una voz mecánica desde el interior del vehículo, dividiendo las palabras por sílabas.

Tomé las llaves, encendí el sistema como me enseñaron en la academia. La voz del sistema parecía intrascendente después de los entrenamientos repetidos. Un monitor se encendió a mi costado.

Extendí mi brazo derecho para tener acceso al panel de control. Alcancé el botón de disponibilidad. El monitor cambió sus imágenes para mostrar dos rectángulos. Estos eran los casos disponibles. Sin leer las instrucciones, escogí el primero.

Las imágenes del monitor volvieron a cambiar. Esta vez se mostró un texto con los detalles de la misión y algunas imágenes.

Acepté la misión. Luego de presionar el botón rojo, el monitor cambió de imagen: un mapa por el que debía viajar. Tomé la palanca de cambios, puse a la patrulla en reversa. El movimiento pareció modificar la posición de mi marca en el mapa. Lo puse en marcha y salí en búsqueda de mi primer caso.

Viajé por las calles de Bocoy hasta alcanzar el panel de control. Se activó el piloto automático. «Sospechoso armado y peligroso. Se encuentra rodeado. Posibles rehenes» era el título del expediente.

Revisé las imágenes para tener una mejor idea. Al parecer no había suficiente información. Una foto del sospechoso era toda la ayuda que el sistema ofrecía.

A pocos metros de mi destino, tomé el volante. El piloto automático se desactivó. Inmediatamente noté a otras patrullas estacionadas. Me detuve antes de llegar. No quería ser uno más de los hombres negociando. Decidí actuar y bajé.

Finalmente llegó lo que estaba esperando. Saqué el estuche del bolsillo de mi chaqueta. Aquí estaba mi más preciado regalo de graduación. Las gafas parecían brillar con la luz del sol. Me las coloqué sobre el rostro.

—Activa los sistemas visuales disponibles —dije en voz baja, con un dedo sobre el marco, para que el sonido fuera alcanzado únicamente por el micrófono.

Mientras se cargaba el sistema, alcancé con mi mano derecha una de mis pistolas de riel. Me encantaba lo silenciosa que son gracias a su explosión electrónica. Deslicé mi dedo sobre el arma para verificar que el nivel letal no estuviera activado. Siempre fue fascinante ver a una de las municiones extensibles golpear al objetivo. Imaginaba que así debe sentirse recibir el puñetazo de un robot.

El sistema cargó. Empecé a buscar un camino a la puerta trasera de la casa. El mundo se transformó gracias a la proyección. Las gafas estaban ajustadas a la perfección. La unión de imágenes reales con las proyecciones creaban la ilusión de entrar en un juego.

Al mirar hacia la derecha, la pared de la casa a mi costado desapareció. Las gafas proyectaban el plano en tres dimensiones del interior de la casa. Las manchas rojas representaban la posición de personas dentro del inmueble. Un sistema aéreo leía las lecturas infrarrojas de la zona.

Luego de aquella experiencia en la academia, empecé a distinguir con facilidad las manchas rojas. No se lo conté a nadie. Esta fue la razón por la que me gradué con honores.

Seguí caminando hasta llegar a la puerta trasera de la casa en la que se escondía el sospechoso. Estaba abierta, así que entré. Encendí la pistola de riel. Solo tomaría un par de segundos en activarse. Era mejor tenerlas apagadas para evitar sobrecalentamiento.

Las siluetas rojas no tenían forma definida. Eran representantes de las lecturas térmicas tomadas desde arriba. Dentro de la casa se veían manchas que representaban la posición de estas lecturas. Desde que las vi supe que el sospechoso estaba con uno de los rehenes. Al parecer la visita de las patrullas lo hizo perder paciencia.

Pasé por la cocina con el arma apuntando a la mancha roja. La proyección en las gafas mostraba una línea por la que viajaría la munición. Era imposible fallar.

Abrí la puerta. Como imaginé, el sospechoso sostenía a un rehén. Estaba demasiado concentrado en el exterior de la casa para notar mi presencia. La mira marcó al sospechoso. Tiré del gatillo.

La explosión casi imperceptible envió con fuerza el proyectil fuera del barril. Al salir, la bala cambió su forma para convertirse en una esfera de metal del tamaño de un puño. El sospechoso recibió el golpe y cayó al piso. Me acerqué y le coloqué las esposas.

¿Te gustó el relato?

Relatos de la Serie

Sebastián Iturralde

Sebastián Iturralde

Un simple ciudadano de este hermoso planeta, eterno enamorado de la creación artística y de las letras, con la firme convicción de que la energía creativa surge de la naturaleza.

Sígueme

Comparte tu opinión

¿Qué te pareció esta historia? Envía un tweet con tus pensamientos y comparte con la comunidad.

0 / 140 caracteres

¿Cómo funciona compartir en Twitter?

Tu comentario se compartirá como un tweet con un enlace a esta historia.

Se agregarán automáticamente: el título, una mención y el enlace.

Autor