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20 May 2026 🔫 Bala y Colmillo

Tras Ojos Virtuales

En la realidad física se espera que sea un oficial obediente. En el mundo virtual, Maximus es libre de ser quién realmente quiere ser.

Tras Ojos Virtuales
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Finalmente logré estar de regreso. Llegar a casa con la patrulla era un lujo que deseaba desde hacía tiempo; por suerte, el caótico tráfico de Bocoy parecía moverse al fin. No quería ni imaginar la vida de alguien obligado a pasar por ese martirio diario sin un sistema de piloto automático. Qué daría por estar ya en mi departamento.

Todavía me causaba gracia la expresión en el rostro del Capitán cuando entré al cuartel con el sospechoso. Estaba genuinamente sorprendido. Se notaba a leguas la enorme distancia que existía entre los pulcros manuales de la academia y la hostilidad de este lugar. Supongo que me adaptaré rápido al sistema. Por otro lado, ese tal Guadaña parecía no hacer absolutamente nada; algún mérito oculto debía tener para ser el segundo al mando. Como sea, sé que pasará un largo tiempo antes de que el resto me vea como a un oficial de verdad.

Al llegar al edificio, presioné el botón del control de la puerta automática. El estacionamiento asignado estaba en el tercer subsuelo; las primeras veces temía equivocarme de rampa, pero ya me conocía el camino. Se sentía bien retomar el control físico del volante para guiar el vehículo por las pendientes pronunciadas. Una vez abajo, divisé mi espacio, dirigí la patrulla y la detuve con un movimiento preciso.

Al salir del habitáculo, empecé a calentar. Saltar en el mismo sitio hizo que la sangre volviera a circular por mis piernas entumecidas. En cuanto sentí el cambio térmico en el cuerpo, llamé al elevador. La puerta se abrió y entré. Aproveché el viaje para estirar los brazos y las piernas. Al marcar el piso, las puertas se abrieron hacia un pasillo de paredes blancas y piso de madera. Mi departamento era una de las dos puertas al final del corredor.

Activé el sistema de desbloqueo biométrico y el acceso se liberó. Al entrar, parecía que nadie vivía allí: la cocina, que jamás se usaba, lucía una limpieza impecable, y la sala mantenía un televisor que ni siquiera recordaba haber encendido. Caminé directo hacia mi GamerDome. Encontrar un sistema de inmersión total de ese calibre era casi imposible en Bocoy; por suerte, mi familia en el exterior todavía conservaba buenas conexiones. Presioné el botón de encendido y esperé a que la compuerta se deslizara.

—Bienvenido, Max —resonó en el interior de la cabina. Todos los sistemas están activados —concluyó una atractiva voz sintética femenina.

Tomé los lentes de realidad virtual del pedestal ubicado bajo el panel y entré. Las paredes iluminadas proyectaban los primeros vectores de un entorno digital. Me ubiqué en el centro exacto del cuarto y me calcé las gafas. La puerta se cerró a mis espaldas y la realidad física se disolvió por completo.

La proyección era impecable. Me encontré de pie en medio de una monumental biblioteca clásica. Di un paso y el entorno fluyó conmigo, transportándome a través del espacio virtual; incluso el suelo simuló un sutil relieve bajo mis botas. Aunque mi cuerpo real no se movía del centro de la habitación gracias al giroscopio inteligente del piso, lo único que me importaba era que dentro de ese universo digital por fin era libre de correr.

Me acerqué a uno de los estantes de roble y extendí la mano hacia el título que buscaba. Al tocarlo, la biblioteca desapareció. Por un instante me rodeó una oscuridad absoluta, interrumpida solo por las letras flotantes de «Guerra Medieval». El vacío cambió de golpe: ahora estaba en mitad de un llano interminable, donde pequeñas colinas modulaban el horizonte bajo la mirada lejana de unas montañas nevadas.

Levanté el brazo derecho para desplegar la interfaz de comandos. Flotaron ante mí decenas de armas detalladas. Caminé entre ellas, analizándolas. Esta vez opté por la espada más grande, una de dos manos. A veces juraba que el sistema podía leerme la mente. En el segundo en que extendí los brazos para aferrar la proyección holográfica, mis manos reales cerraron el agarre sobre la barra de metal háptica que descansaba en el cuarto, simulando el peso y la textura del acero seleccionado.

El equipamiento de la policía parecía del siglo pasado comparado con esto. La espada se sentía colosal y, gracias a los lentes, mis ojos veían una hoja ancha y pulida. Un sofisticado sistema de imanes en la barra controlaba la resistencia y el peso simulado en tiempo real. Empecé a trotar. El suelo bajo mis pies se desplazó a la inversa; las cámaras del domo leían cada uno de mis impulsos para mantenerme a salvo en el centro del cuarto mientras yo devoraba kilómetros virtuales.

A lo lejos, recortada contra el cielo, divisé una armadura enemiga. Aminoré el paso para recuperar energía estaminal y seguí avanzando. El rival tardó poco en detectar mi presencia. Ver girar la silueta de aquel guerrero, con una calidad cinematográfica texturizada al detalle, activó de inmediato mis instintos de defensa. El sujeto desenvainó y avanzó con paso firme. Mi corazón se aceleró. Alcé la pesada espada por encima de mi cabeza y arranqué a correr. Cuando estuve a su alcance, descargué el golpe con furia, pero la inteligencia artificial evadió el ataque con una agilidad pasmosa.

Di un paso atrás y reajusté el agarre con ambas manos. La vara de metal del domo disponía de una empuñadura ergonómica y una guarnición física que hacían que la experiencia fuera idéntica a la realidad. Avancé de nuevo, descargando un tajo cruzado. Cuando mi hoja impactó contra la suya, los electroimanes ejercieron una fuerza brutal en la barra, deteniéndola en seco en el aire.

El contragolpe del rival empujó mis brazos hacia atrás con violencia. La resistencia del sistema lograba que la fatiga del combate se sintiera dolorosamente real. El enemigo lanzó una estocada; logré cruzar mi arma justo a tiempo para bloquearla. La vibración del impacto casi me arranca el agarre de las manos, pero yo no era ningún novato en esto.

Recuperé el equilibrio y pasé a la ofensiva. El mandoble silbaba en el aire con cada oscilación, pero el rival desviaba los golpes con una facilidad exasperante. El cansancio empezó a pasarme factura; mis movimientos se volvían erráticos por la furia mientras la máquina ganaba terreno. Tuve que flexionar el torso para esquivar un tajo lateral. El contrincante se sobreextendió: por apenas un milímetro, su filo no abolló mi armadura virtual. Incapaz de frenar la inercia de su propio peso, quedó indefenso. Aproveché la milésima de segundo y le incrusté la espada directo en el pecho.

La pantalla de victoria parpadeó y el entorno me devolvió a la biblioteca virtual. El pulso me latía en las sienes. Deslicé los dedos por los estantes en busca de una nueva experiencia. Después de probar mi suerte con el acero, siempre disfrutaba jugar unas partidas al juego que me había dado fama internacional.

«Policías & Ladrones» era un clásico directo: elegías bando, disponías del arsenal real de cada facción y debías sobrevivir a la escaramuza. Mi último torneo mundial lo había jugado justo antes de que el gobierno decretara el estado de emergencia, sellara las fronteras por completo y prohibiera de forma indefinida la salida del país.

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Sebastián Iturralde

Sebastián Iturralde

Un simple ciudadano de este hermoso planeta, eterno enamorado de la creación artística y de las letras, con la firme convicción de que la energía creativa surge de la naturaleza.

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