En Alta Mar
Libre de las nubes que bloquean nuestros pensamientos, está un mundo de aventuras por descubrir.
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El miedo que corre por Iván es uno que jamás había pensado experimentar. Quien un día estaba tan loco para lanzarse sobre las paredes de hielo desde su barco el Amante de la Tierra y luchar en contra de estos seres, ya no existía. En su lugar ahora solo había un Iván que se escondía en la cabina del capitán y bebia. Claro que a su lado todavía estaba Shelly. La mujer que Iván conoció en su delirio como una sirena.
La imagen de Shelly tendida y aleteando su cola quedaba en la memoria. Sin embargo, ahora usaba una falda que cubría por completo su figura de sirena. Solo dejaba descubierto el ombligo bajo una blusa colorida.
Iván no se cuestionaba la razón de su presencia. Nada de eso le importaba. Ahora que la alucinación había terminado, solo podía ver a los hombres de piel azul. Sus barcos de metal. Y la certeza de que no sería capaz de sobrevivir otra vez.
Shelly parecía estar leyendo algún documento mientras descansaba en la silla del capitán, detrás del escritorio. El capitán empezó a sentir que su mente se reconciliaba con el presente y se sirvió un trago de ron.
Todo parecía normal con la tripulación. Ellos disfrutaban del botín que consiguieron antes de dejar el bote de metal. Esta era una gran victoria ahora que tenían una mejor idea de cómo funciona la tecnología de estos seres. Mientras Jostas controlaba el timón en búsqueda de un nuevo destino.
—¿Cómo fue posible que me rescataras? —preguntó Shelly, rompiendo el silencio.
Una fuerza que no esperaba regresó a Iván a la realidad, librándose de su borrachera.
Shelly se levantó y caminó alrededor del escritorio.
—¿Cómo es posible que un pirata como tú sea capaz de derrotar a un navío de esas criaturas? —preguntó, acercándose a Iván.
Sin la máscara del alcohol, Iván perdió la capacidad de esconderse.
—Todo fue una coincidencia—afirmó el capitán.
—Eso no es lo que tus hombres dicen —dijo Shelly, manteniendo la mirada seria sobre Iván—. Escuché que recibiste ayuda de una bruja y que tú mismo lideraste el motín.
—Debes entender que estaba bajo el efecto de un alucinógeno —dijo Iván—. No recuerdo nada de lo que sucedió.
Shelly giró para darle la espalda al pirata.
—Voy a averiguarlo todo —dijo con una sonrisa—. No existe un hombre que pueda resistir mi poder.
Iván sintió la misma fuerza que lo había arrancado del alcohol crecer. Ahora se sentía como una corriente del océano jalándolo a su antojo. El miedo lo hizo aferrarse al sofá con fuerza. Algo le decía que un descuido lo perdería en el fondo del océano.
—Dime, Iván —preguntó Shelly—. ¿Por qué estás involucrado con esas criaturas?
Iván vio pasar por su mente las barras de metal que había robado. Instintivamente bajó las manos para alcanzar su bolso. Nada. Se levantó para buscar las barras en el sofá. Nada. Empezó a mirar de un lado al otro en búsqueda de su bolso. Nada.
—¿Acaso estás buscando esto? —preguntó Shelly, mostrando las barras de metal en sus manos—. Debo suponer que estoy tratando con un mentiroso.
—Lo siento, lo siento —dijo Iván, acercándose lentamente—. Entrégamelas y te lo diré todo.
Shelly arrojó las barras en dirección a Iván, quien hábilmente las atrapó antes de que cayeran al piso.
—Estoy esperando —dijo Shelly, cruzando sus brazos—. No querrás enfurecer a una sirena.
Iván vio por un instante la aleta bajo su vestido, desapareciendo momentáneamente. El viejo Iván regresó entonces, el navegante de secretos y misterios. Continuó contando su historia.
Shelly no podía creer las palabras del pirata. Ir más allá de los límites de la gran pared de hilo era una locura en sí misma. La simple idea de enfrentarse a los seres de piel azul, y peor aún robar su tecnología, la asombraba. El potencial de Iván se hizo evidente. Esta era la aventura que anhelaba.
—¿Qué piensas hacer ahora que tienes a estas criaturas buscándote? —preguntó Shelly.
Iván aceptó su culpa por robar de ellos, pero lo que más lo desconcertaba era el recuerdo de haber capturado a la sirena del barco enemigo.
—Lo mejor sería que cada uno tome su camino —dijo Iván, sirviéndose un trago de ron.
—Es inútil —respondió ella—. Recuerda que mientras yo lo desee, ni un líquido podrá interferir en nuestra conversación.
Iván vio el pequeño vaso lleno de líquido amarillento. Sin embargo, lo tomó de un sorbo, con la esperanza de volver a sumergirse en el olvido.
—En poco tiempo otro de sus barcos irá en tu búsqueda —añadió Shelly—. Lo mejor sería que arrojes esas cosas al mar.
Iván protegió su bolso con ambas manos.
—Ya que no puedo beber —dijo, dejando que la última gota del vaso cayera al piso de madera—, ¿qué tal si hacemos otra cosa?
Shelly observó con desdén el intento de baile del capitán.
—Eso no sería prudente para ti.
Iván se detuvo, sintiéndose inútil al no poder esconderse tras sus bromas.
—Está bien —finalmente dijo—. Levemos anclas.
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