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25 Mar 2026 Aventuras Épicas

Garras y Colmillos

El inicio de un viaje por los reinos del folclore andino—y los secretos ocultos que aguardan a ser descubiertos por los aventureros.

Garras y Colmillos
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Palabras 865
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Patroko daba pasos lentos en su interminable caminata sin rumbo fijo. El guerrero jaguar estaba cansado de batallas que no llevaban a ningún lugar. Yahuar estaba en peligro de una fuerza oscura nunca antes vista. Seguía adelante con su lanza descansando sobre el hombro, su cuerpo cubierto por un poncho hecho de alas de cóndor. Meses intentando buscar una forma de detener la contaminación no lo habían llevado a ningún lugar. Caminaba frustrado por un infinito páramo andino.

La naturaleza estaba pasando por una época de transición en la que fuerzas malignas querían tomar el control de Yahuar. Este verde paraíso lleno de altas montañas con climas imperdonables y selvas vírgenes capaces de consumirlo todo. Aquí en las praderas de un interminable páramo que se extiende hasta donde llega el horizonte, un héroe sostiene su lanza mientras camina en búsqueda de respuestas.

A su lado se encuentra un oso de anteojos que en sus ojos lleva la experiencia de una vida bien aprovechada. Los dos se mueven lentamente por los pajonales en búsqueda de una señal de los dioses para continuar con su aventura.

Patroko, un jaguar que jamás pensó dejar atrás la seriedad de su selva húmeda, se apoyaba en su lanza para atravesar las plantas frondosas que al tocarlas comparten el agua que atrapan de las nubes. Con frío y los pies mojados, continuaban su viaje. Patroko tenía que buscar una forma de sanar a Yahuar.

El viaje era mucho más sencillo para Osi, el oso de anteojos. Esta era su tierra. Conocía los caminos para rodear las zonas más peligrosas. Los dos se dirigían a la capital del sol. La ciudad a los pies de la gran montaña que ha sido el refugio para los osos de anteojos por generaciones.

Este era el primer viaje de Patroko a Ruio, la ciudad más alta ubicada en la mitad del mundo.

Osi conocía los peligros de los páramos de Yahuar. Un descuido sería imperdonable.

Patroko se adelantó para llegar a la cima de una loma y así tener una mejor vista. El jaguar caminaba sobre sus piernas traseras, dejando que su fornido pecho se destacara. Al llegar, emitió un gruñido que hacía que los jaguares fueran reconocidos en la selva húmeda.

El oso, más lento que el jaguar, se acercó rápidamente.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó el viejo oso con tono severo.

—Siento que estamos caminando en círculos —dijo Patroko, girando a ver al gran oso.

—Lo único que debemos hacer es ir en búsqueda del profeta.

—Profeta esto, profeta aquello —dijo Patroko, golpeando su lanza contra el piso—. Nada ha cambiado.

—Ten paciencia —aseguró Osi—. Es importante que sigamos el camino para encontrar lo que buscamos.

—Eso no me dice nada —dijo Patroko, girando para observar lo maravilloso de la luz del sol brillando sobre las gotas de los pajonales.

A la distancia alcanzaron a ver a Quinde acercarse por los cielos.

—Mira, parece que es Quinde —dijo Patroko, señalando hacia el cielo.

Quinde se acercaba a toda velocidad.

—¡Se acerca, se acerca! —gritó Quinde una vez que estuvo al alcance de sus compañeros.

Osi levantó la mirada para estudiar el lugar y vio a un puma correr hacia ellos. La criatura más grande que él se acercaba a gran velocidad. Era obvio que el arma en el hombro del puma tenía una cuchilla de obsidiana. Osi no sabía cómo reaccionar. Los pumas eran salvajes que se rehusaban a ser parte de Rui y las demás tribus dentro del acuerdo de paz. Ellos se sentían superiores a los demás.

El puma, caminando sobre las patas traseras, sostenía el mango de su gran mazo con filos de obsidiana, mientras ésta descansaba en equilibrio sobre su hombro. Una vez que estuvo a una distancia de la cual los intrusos ya no podrían escapar, empezó a caminar. Su rostro se miraba calmado pese a los colmillos que sobresalían de su boca cerrada.

Patroko miró con tranquilidad. Uno de los guerreros de los pumas sería tan solo un obstáculo más en su camino para salvar a Yahuar de la oscuridad.

Finalmente, el guerrero se acercó y colocó la punta de su mazo contra el piso. Apoyándose sobre ella, miró a los extraños de arriba hacia abajo.

El pequeño jaguar no parecía un oponente digno para la majestuosidad del cuerpo del puma. Patroko no era un ser normal; su conexión con la Hanan Pacha lo hacía diferente. Patroko confiaba en las habilidades que los dioses le otorgaron para así enfrentarse a cualquier obstáculo.

—Esta es la tierra de los pumas.

Osi, tranquilo ante la ausencia de hostilidad, se relajó.

—Estamos aquí en una misión para salvar a Yahuar.

—Las señales de los dioses han sido claras —dijo el gran puma.

—Hemos luchado contra las fuerzas de la oscuridad por meses —dijo Osi.

—Entonces, ustedes son de quienes hablan las profecías.

Patroko recordó lo arduo de su viaje.

—Los estábamos esperando.

Patroko miró a Inti, el sol en el horizonte. El cielo azul brillaba detrás y ni una nube estaba cerca para ocultar su majestuosidad. Patroko aceptó la invitación y decidió que su viaje cambiaría de curso para descubrir qué les tenía preparado la aldea de los pumas.

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Sebastián Iturralde

Sebastián Iturralde

Un simple ciudadano de este hermoso planeta, eterno enamorado de la creación artística y de las letras, con la firme convicción de que la energía creativa surge de la naturaleza.

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