Ojos en la Pradera
En una pradera fértil, un beholder observa en silencio. Si los caballeros del Rey llegan, Hukur deberá controlar a todos antes de ser descubierto.
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En una pradera fértil, un beholder observa en silencio. Si los caballeros del Rey llegan, Hukur deberá controlar a todos antes de ser descubierto.
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En las vastas praderas de una comarca, bendecida por tierras fértiles y aguas abundantes, vivía una criatura poco apreciada por los hombres. Aquellos campos, entregados por el Rey a un grupo de colonos para su resguardo y cosecha, habían sido el hogar de un beholder. Hukur era el único de su especie en la zona; un ser de esos que prefieren la soledad para permitir que la imaginación guíe su destino. Sin embargo, la presencia de aquellos invasores empezaba a convertirse en un problema que Hukur, tarde o temprano, debía solucionar.
Hukur, una criatura esférica con un gran ojo central, flotaba en silencio a través de las tinieblas. Al carecer de extremidades, se sentía vulnerable; mantenerse suspendido en el aire consumía casi toda su concentración. Sin embargo, compensaba su fragilidad con una visión absoluta: gracias a una docena de ojos situados en los extremos de las protuberancias que brotaban de su parte superior, Hukur era capaz de vigilar cada ángulo del mundo que lo rodeaba.
Su fragilidad física lo convenció de que el mundo entero estaba en su contra. Incluso otros de su misma especie eran enemigos potenciales en su lucha por la supervivencia. El poder de su mente era la única herramienta a su disposición y, gracias a ella, Hukur sabía todo lo que sucedía a su alrededor.
Para él, las criaturas más peligrosas dentro de sus dominios eran los humanos. Seres que, como él, eran físicamente frágiles, pero poseían mentes agudas. Sin embargo, el intelecto humano no era rival para la telequinesis que Hukur había perfeccionado, aunque desplazarse de un lugar a otro seguía siendo un riesgo que prefería no correr.
Hukur se dirigía hacia la aldea. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que espió los planes de sus enemigos. Los humanos eran los únicos que habían detectado su presencia y eso los convertía en un problema inminente.
Al llegar, localizó a los primeros hombres que encontró: guardias armados con pesadas armaduras de metal. Manteniendo una distancia prudente, Hukur desplegó su control mental. Por unas horas, aquellos hombres serían sus esclavos, ejecutando sus órdenes sin cuestionar.
—Finjan que todo es normal —les ordenó con su voz mental—. Actúen como si nunca me hubiesen visto.
Para los guardias, el recuerdo de aquel encuentro sería borroso y horroroso, una pesadilla difícil de precisar. Bajo el influjo del beholder, su realidad se alteró hasta creer que, efectivamente, no había nada frente a ellos.
Al cruzar el portón de la muralla, Hukur sintió una punzada de miedo. Debía ser cauteloso. Su objetivo estaba cerca, pero implicaba flotar peligrosamente cerca de las viviendas. Sus doce ojos se movían de un lado a otro, como cabellos bajo el agua, otorgándole una visión panorámica de cada rincón. Se detuvo al alcanzar la gran casa de madera donde los líderes locales se reunían a conspirar.
Oculto contra la pared exterior, Hukur escuchó. El diálogo era tedioso, pero vital para su seguridad.
—Miren lo que le pasa a nuestra ciudad —dijo Paramu, señalando una sustancia verde que supuraba de la pared de la cabaña—. Esto es obra de ese monstruo.
—Las siembras también se están perdiendo —añadió Tirma con preocupación.
—A este paso, tendremos que abandonar estas tierras —sentenció Paramu.
—Deberíamos solicitar un escuadrón de caballeros del Rey —propuso Quesad—. Estoy harto de quejas. Hemos acumulado una fortuna con estos suelos fértiles y debemos proteger nuestro territorio a toda costa.
—Estoy de acuerdo —secundó Tirma.
—¡El costo de un escuadrón real es altísimo! —protestó Paramu—. Perderemos casi todas nuestras ganancias.
—¿Y de qué sirven tus monedas si ya no tenemos un pueblo que gobernar? —replicó Tirma.
Hukur no podía permitirlo. Si los caballeros del Rey llegaban, su existencia dejaría de ser un secreto y su fin estaría cerca. Flotó hacia la entrada principal y, al llegar, liberó el poder del ojo gigante que dominaba su centro. Los guardias de la puerta huyeron despavoridos, poseídos por un terror irracional.
Hukur entró en la cabaña. El brillo de su ojo central atrapó a los presentes, doblegando sus voluntades en un instante. Los líderes continuaron la discusión, pero ahora, las palabras de uno de ellos ya no eran propias.
—¿Qué pasará cuando tengamos un problema real? —preguntó Paramu, ahora un títere de Hukur—. ¿De dónde sacaremos recursos si los gastamos en el ejército real? Esa criatura… en el fondo, no nos hace daño.
Tirma lo miró desconcertada; después de todo, había sido Paramu quien inició las acusaciones.
—¿Y qué haremos con la sustancia verde en tus manos?
—Lo más prudente será organizar brigadas de limpieza —respondió Paramu con voz monótona—. Tenemos mucho que preparar para el invierno. Mañana mismo saldré con una carreta por provisiones.
—Está bien —cedió Tirma, aunque no muy convencida—. Pero tarde o temprano, tendremos que lidiar con esa criatura.
Hukur sintió un profundo desprecio por la mujer que insistía en destruirlo. Mientras se alejaba flotando, lo supo con certeza: para que su secreto permaneciera a salvo, tendría que controlar, una a una, a todas las almas que vivían en su territorio.
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