El Rey de la Colina
Frente al hombre más poderoso de Bocoy, Gastán descubre que la inmortalidad puede ser la mejor moneda de cambio.
Frente al hombre más poderoso de Bocoy, Gastán descubre que la inmortalidad puede ser la mejor moneda de cambio.
Gastán era un hombre frío y calculador. La perseverancia era el atributo que lo había llevado a ser la cabeza de la medicina en Bocoy. Los resultados de sus hallazgos debían ser informados directamente a la cabeza del Estado. Este era un gran día para Gastán y, por primera vez en muchos años, esperaba con ansias ser atendido por el Presidente Fortín.
Fortín tenía una agenda copada. Era un hombre lleno de cosas por hacer. Sus sueños habían llegado a formar parte de la mente común de un pueblo, pero no todos compartían sus ideologías. Reunirse con Gastán no le había traído alegrías en el pasado; esta sería otra invitación sin sentido que debía cumplir. Su secretaria había agendado la visita sin previa aprobación.
El palacio de gobierno era una estructura magnífica, una construcción hecha por los antepasados de una gran civilización. El despacho desde el que Fortín había ejercido su poder todos estos años era imponente. Gastán se encontraba en la sala de espera. La actual asistente de Fortín, una mujer de mediana edad, era su única compañía. Fortín veía necesario hacerlo esperar.
Gastán traía su mejor traje. Era un hombre mayor y muchos esperaban un tropiezo para arrebatarle el puesto. Mantener el cargo por tantos años había sido su mayor logro, hasta el día en que Júpiter lo cambió todo. Gastán tenía los resultados de los últimos experimentos. No era necesario difundir el descubrimiento hasta estar seguro de poder replicarlo. Júpiter había realizado un gran trabajo y estaban listos para dar el siguiente paso.
—El señor Presidente lo está esperando —dijo la mujer en un tono indiferente.
Gastán se levantó, tomó su portafolios y se dirigió a la puerta del despacho. Al pasar junto a la mujer, hizo un gesto parecido a una sonrisa. Abrió la puerta y entró sin esperar invitación.
Fortín se encontraba en la silla de su escritorio, observando por el ventanal. Una larga fuente en el patio del palacio simulaba el correr del agua por un río, y el ventanal del despacho presidencial ofrecía una excelente vista de la peculiar fuente. Fortín dejó que Gastán caminara hasta el escritorio antes de girar para verlo.
—Gastán, bienvenido. ¿A qué debo tu visita? —dijo al recibirlo—. Espero que tengas algún resultado de ese desperdicio de recursos en el que se ha convertido el Instituto de Biotecnología.
Gastán lo observó sin prestar atención a sus comentarios y colocó el portafolios sobre el magnífico escritorio de madera. Se veía seguro cuando lo abrió para sacar los reportes de regeneración de tejidos.
—Señor Presidente, encontramos el camino a la inmortalidad —dijo, colocando los documentos sobre el escritorio.
Fortín se sorprendió. Sabía que Gastán era un hombre en quien podía confiar, pero el trabajo que se le había encomendado era de salud. No esperaba resultados en ese campo.
—No tengo tiempo para estar analizando estos papeles —dijo Fortín, empujando los documentos—. Exijo…
Gastán había conseguido la respuesta que estaba buscando. Sabía que Fortín lo necesitaba, pero ahora las condiciones cambiarían.
—Señor, si se toma el tiempo para ver los resultados, podrá notar que hemos logrado detener el proceso de envejecimiento en tejidos humanos. En este momento estamos listos para realizar nuevas pruebas —dijo Gastán, que se sentía en control de la situación.
Fortín se levantó de su silla.
—¿Por qué no fui informado de esto con anterioridad? —preguntó, claramente molesto por la sorpresa.
Fortín esperaba cualquier respuesta que lo colocara al mando de la situación. Los años de liderazgo habían creado en él una debilidad, y Gastán debía aprovecharla si quería conseguir lo que estaba esperando.
—Con el debido respeto, señor, no lo quería importunar. Sé que es un hombre ocupado y estaba esperando tener resultados concretos —dijo Gastán, cambiando su tono de voz ahora que había logrado lo que buscaba. Se sentía listo para iniciar las negociaciones—. En realidad, señor, necesito más recursos para continuar nuestra investigación.
Fortín sonrió por un instante. Su ego lo había transformado; ahora no solo quería cambiar el mundo, sino dejar su nombre en la historia como quien lo había logrado.
—Gastán, los recursos del Estado siempre han estado a tu disposición. Comunícate con el ministro de Economía y solicita lo que veas necesario. Hablaré con él personalmente —dijo en un tono casual.
—Señor Presidente, necesito más que recursos económicos para lograr nuestros objetivos —dijo Gastán.
Pensaba en la conversación que había tenido esa mañana. Necesitamos voluntarios para hacer pruebas, había dicho Júpiter. Se encontraban al borde de lograr lo que nadie había logrado, y algunos sacrificios eran necesarios.
—Necesitamos realizar pruebas en humanos —dijo finalmente.
Fortín no parecía sorprendido. Sabía que se debían hacer sacrificios.
—Hablaré con algunos generales y se te acreditarán los debidos niveles de acceso —dijo sin dudar de la palabra de Gastán—. Espero ser notificado de cualquier resultado.
Gastán se veía conforme con lo que había conseguido.
—Gracias, señor Presidente. Lo mantendré al tanto —dijo, y se preparó para salir del despacho presidencial.
Los dos se veían satisfechos al estrecharse las manos y despedirse.
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